Yo conocí una reina de verdad

Ella siempre supo que era una reina. Incluso cuando todas las niñas soñaban con ser princesas. Ella sabía que era una reina. Nació con la corona puesta. La corona le daba la fuerza que toda reina necesita. Pero había noches en que los Caballeros del Futuro Incierto se encargaban de robar por unos días la corona de la reina para limpiarla y arreglar los desperfectos que sufría por el uso diario. Esas noches y sus correspodientes días mi reina dormía plácidamente aún sabiendo perfectamente que ningún principe vendría a despertarla.
Cuando yo la conocí era una reina sin reino. Pero eso no era ningún obstáculo para que ella supiera que era una reina. Cuando por fin recuperó su reino yo ya había marchado a las cruzadas de la inmadurez con mi caballo de madera y mi armadura de tela fina.
Su reino era un reino dulce. Era un reino enorme. Abarcaba desde las montañas de la ilusión hasta el rio del sufrimiento. Apenas se vislumbraba su final en el horizonte del esfuerzo. A mi me gustó mucho visitar su reino aunque en aquel momento no fuera suyo. La luz era especial. Salía directamente de unos ojos perdidos de un pensamiento que siempre andaba en otro lugar que no era aquel ni estaba conmigo.
Hace poco los Caballeros volvieron para revisar la corona. Y ella volvió a dormir durante unos días esperando que se la volvieran a poner. Espero que algún día le hagan una corona de un material que no se estropee. O mejor, espero que un día no le haga falta llevar corona. Ella y yo sabemos que no la necesita para ser una reina.

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