Recuerdo aquella mirada

Recuerdo aquella mirada de niño triste escondida debajo de una mesa. Era la mirada de cualquiera de los siete enanitos mirando a Blancanieves. Ellos nunca fueron enanitos. Era ella la que era demasiado grande. Tan grande que daba lecciones de vida a discapacitados emocionales.
Recuerdo aquella mirada de buhó enamorado de la luna. Ojos abiertos y curiosos con hambre de momentos que de tanto repetirse se convierten en irrepetibles.
Recuerdo aquella mirada perpleja ante una pregunta. Sigo sin saber quien es el cuarto mosquetero aunque siempre fui ágil con la espada de la palabra.
Recuerdo aquella mirada frente al espejo que se miraba a sí mismo y veía a otra persona. El espejo de la visión monstruosa de un laberinto al que entraste como Ulyses y saliste como un minotauro.
Recuerdo aquella mirada de tristeza matemática ante ecuaciones irresolubles donde el único método es la reducción al absurdo. Donde todas las incognitas evitan ser despejadas y las emociones se elevan al cuadrado.
Recuerdo su mirada. Tuve suerte de conocer a la hija del viento. Vive tan rápido que pudo pasarme inadvertida. Por suerte, ella nunca pierda la perspectiva. La perspectiva cónica.

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