El trabajismo y los trabajistas

Cuando alguien pensó en crear la ciencia económica como una  más de las ciencias sociales no pudo llegar a sospechar que estaba creando una religión laica adorada por miles de discipulos y apostoles del apocalipsis del crecimiento detenido. La sabiduría popular cantaba aquello de Vivir para trabajar o trabajar para vivir. Definitivamente alguien decidió por nosotros. El trabajismo ha venido para quedarse y los trabajistas se han convertido en aquellos hombres grises de Momo que vienen a robarnos el tiempo. Ahorcados por sus corbatas y esposados por sus relojes.
Hemos organizado  una sociedad dividida en castas iguales entre ellas y estancadas unas de otras.
Primero estan los trabajistas parados. No tienen trabajo y los buscan insistentemente. No tener trabajo no les deja pensar en otra cosa. Porque su situación és realmente dramática. Son los menos culpables de todo. Buscan su medio de vida. La incertidumbre es el ancla que no les permite navegar.
Después estan los trabajistas obligados. Preocupados por la pérdida del empleo son obligados a multiplicar sus horas. Lo hacen a disgusto, en algún caso por responsabilidad, aún siendo conscientes de que no es su estado natural. Sueñan con poder reiniciarse algún dia en modo a prueba de horarios.
Y por último, la saga de los sacerdotes del trabajismo. Una especie en vias de extensión: los trabajistas hipnotizados. Vendieron su reloj al diablo por una nómina extensa y un ego desorbitado. Son amantes de las cosas. Conviven cada día entre espejos donde mirarse. Se rodean de coros que repiten su eco incesantemente. Son niños burbuja. Pero la burbuja está hecha para protegernos a nosotros de su humo nocivo lleno de lenguaje perverso donde la implicación implica demasiado y la competitividad siempre crea perdedores.
Son los trabajistas hipnotizados, que viven en el Olimpo de los bonus saqueados, manejando cadenas de producción donde los pensamientos estan reservados para la intimidad.
Tengan cuidado. Van por sus mismas aceras. Estan entre nosotros. A veces, veo muertos... que siguen trabajando en oficinas a oscuras lastrando las cadenas de la productividad y el látigo de la presión comercial.
Mientras tanto ustedes y yo, este fin de semana, nos esconderemos tras el árbol de la sabiduría, sacaremos las guitarras y nos reuniremos alrededor del fuego, a recuperar el tiempo robado, a mirar a los ojos de la gente y recordar que además de trabajadores somos personas.
Buen fin de semana. Y como decía Celtas Cortos, nos vemos en los bares.

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