Segunda mano

Hace cosa de un año empecé a vender cosas que me sobraban o que ya no utilizaban. De alguna manera parecía una manera de matar dos pájaros de un tiro, cubrir mi conciencia de consumidor impulsivo y recuperar algo de pasta de inversiones absurdas. Pasado el tiempo he de decir que encontré algo que no buscaba. 
Cuando compré aquellos patines tenía la firme intención de aprender a patinar. De esas firmes intenciones que duran poco. Todas las intenciones son firmes hasta que desaparecen diluidas en falta de tiempo o ganas. Así que decidí venderlos. Me los compró un padre que quería enseñar a patinar a su hijo pero no sabía hasta qué punto tendría afición. Él tenía mucha. Quería que el niño empezará a seguir sus pasos. 
Mi afición por los aparatos viene de lejos, así que cuando ví que era posible comprar una PDA con GPS me pareció que la combinación valia la pena. Desde pequeño tengo especial predilección por aquello que combina cosas. Nunca me aclaré con aquella PDA con GPS. De hecho necesité pocas veces orientación y cuando la necesité nunca supo darmela. Vendí mi PDA a un chico que le había roto la antena a una PDA que le había dejado un amigo que era exactamente del mismo modelo. Le dijo que le compraría una. Había pocas de ese modelo. Yo vendía una. 
Ikea tenía un cuadro de una rosa precioso. Con un rojo que yo siempre conocí como vermellón. Creo que era -junto con el azul electrico- el color que más me gustaba de aquellas temperas que jamás aprendí a utilizar. Era una rosa imponente. Una rosa con pasión y sin espinas. Ni siquiera se le adivinaban. Pero, un día perdió su sitio en casa porque llegó alguien más importante y resultaban incompatibles. Ese cuadro se lo vendí a un chico. Él y su novia tenían ese cuadro presidiendo su comedor. Estaban haciendo algo que no me supo precisar y el cuadro se cayó y se rompió. Él encontro otro cuadro igual para ella. El que yo vendía. 
Cuando compré aquella moto lo hice por amor. Era la moto de mis sueños. No era la más potente ni la más bonita pero era la mía, mi moto, la moto que siempre quise tener cuando estudiaba. Era especial y Special. La sensación de libertad de ir subido en ella por la orilla del mar, cuando las olas se meten casi en las ruedas era inigualable. Era  una moto fría. Quizá como yo. Le costaba arrancar. Quizá como a mi. Siempre le pasaba algo, como si quisiera llamar la atención. Pero cuando estaba limpia brillaba como la luna. Pero ella siempre estaba en el garaje esperándome. Esperando que yo encontrara un momento que había perdido. Porque aquella moto era la foto de una época. Y las fotos solo son recuerdos. Vendí la moto a un apasionado de las motos, alguien que la cuidará como yo no supe hacerlo. Alguien que sepa tratarla como se merece.
Compré aquel sofá para dar un nuevo aire a mi casa ya que acababa de entrar una suave brisa de mar que me acompañó tres maravillosos años. Era un sofá sobrio y elegante. Tenía chaiselongue para poder ser compartido. Un sofá que nacía con dos cabezas. Vendí aquel sofá a una madre preocupada por su hija. La niña empezaba a estudiar en Valencia. Ellos son de fuera. Tenía que amueblar el piso sin saber cuanto tiempo estaría su hija allí. Las madres. Ya se sabe. Quería que la niña tuviera sus cosas decentemente. 
Esta mañana vendí un móvil. Me llamó un padre con acento argentino. Quería un móvil para su hijo. No le puedo comprar un i-phone me ha dicho. Pero le llevaré un regalo. 


No recuerdo el precio de la mayor parte de esas cosa que vendí. Pero recuerdo las historias. Lo que me recuerda que las decisiones más casuales conducen a los caminos más singulares. 
Y este caleodoscopio de cosas se parece mucho más a un trayecto que a un destino. 

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