La generación traidora

Nací en 1972. Alguna vez he reflexionado sobre mi generación. No la elegí yo. Ni elegí el lugar en el cual nacer ni elegí el año. Y no me quejo. No me ha ido mal en la vida. Pero Maslow tenía razón y las necesidades de autorealización surgen cuando el resto estan bien cubiertas. En otras ocasiones he mirado a mis compañeros de generación con condescendencia, incluso con un cierto victimismo. Efectivamente, somos la generación del desencanto, la generación de las promesas incumplidas, de los sueños excesivos, hemos crecidos entre los matojos de la indiferencia y la aceptación. Pero siempre existe un margen para la rebeldía. Nunca creí en el determinismo genético ni sociológico. Existe siempre un margen individual para la rebeldía. 
Pasaremos a la historia como la primera generación traidora. La primera generación que hará heredar a sus hijos un mundo peor que el que heredamos de nuestros padres. Y somos los primeros porque lo haremos de manera consciente, consentida, asumida y gozada. Como generación disfrutamos con el síndrome de Estocolmo, nos hemos enamorada de nuestros recortadores de derechos, de nuestros dilapidadores de recursos, secuestrados por casas donde no vivimos, coches que solo conducimos para ir a trabajar y calefacciones en sitios donde no hace frio. Las sociedades de la opulencia, que vinieron a complementar la sociedad de la comodidad alejada de aquel proyecto socialdemocrata europeo de la sociedad del bienestar. 
Somos la generación traidora, la que se benefició de la lucha de sus padres y no lucha por sus hijos. Dejaremos un mundo más feo, más gastado, más acabado, menos solidario aunque eso sí, más espectacular. Y lo haremos como el pez que metido en una pecera se le va subiendo la temperatura poco a poco y muere asfixiado, sin darse cuenta, en lugar de saltar. 
Hasta los años 80 la pequeña revolución burguesa de los 60 -siempre los burgueses como dijo mi amigo Jordi- nos condujo a nuestro nacimiento entre descampados, pantalones cortos, rodillas heridas y cromos de todas las especies. Bajo los adoquines no había arena de playa. Seguramente ni siquiera había arena sino un enorme agujero negro al cual llevamos cayendo desde entonces. Desde los años 80 el retroceso de los derechos de los trabajadores, la conversión de los ciudadanos en consumidores, la espectacularización de casi todo, la consciencia de los problemas ecológicos sin respuesta responsable genera una curva invertida que no somos capaces de ver ni de revertir. Ni siquiera la miramos con atención siempre pendientes del minuto siguiente, vemos cada paso en lugar de mirar el camino. 
Por eso me da igual si el método es una huelga general, una manifestación, un artículo, una película, una reunión, una lectura de un poema o un acto de consumo responsable. 
Siempre queda margen para la rebeldía. Yo no seré un traidor. Y mi generación no lo hará con mi silencio. 

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com