El año que vivimos sigilosamente

Hoy cumples 38 años. Esta mañana te has levantado y has ido a trabajar. A hacer una de esas cosas que nadie valora porque son invisibles pero para ti son importantes. Porque de pequeño te enseñaron a cumplir con tus obligaciones.
Ya ha pasado un año. El año que viviste sigilosamente.
Fue el año en que te rebelaste contra la biologia y quisiste jugar quimicefa, el año que quisiste ser el dios de la costilla de Eva. En un año tu vida dio dos vueltas de campana, giró 720 grados para quedarse como nunca estuvo y como siempre ha estado. Aprendiste a llorar con razón como decía tu madre. Y lo primero que perdiste fue la esperanza. El niño que vino del hielo no hacía más llorar junto al niño que se escondía tras la falda de su madre. Demasiados niños para tan pocos pañales. Cada pinchazo te dolía en el alma. Y la anestesia apenas permitia pequeños momentos de embriaguez donde hablar con cualquiera que compartiera tu dolor.
Aceptaste tu brillante insignificancia y te despediste de aquellos que habitaban tu tierra para dirigirte al mar de los sargazos junto a Simbad el Marino. Inconsciente de saber que tu brújula estaba trucada y las migas del mar te conducían siempre al mismo sitio. Te hiciste francotirador agazapado. El peor francotirador del mundo, visible desde tantas partes lo que te hacía seguir siendo el blanco perfecto.
Te obsesionaste con aquellos molinos que eran gigantes. Simplemente a nadie se le ocurrió mirar dentro para encontrarlos.
Y empezaste a hablar. Y cada semana enviabas un mensaje en una botella en medio de un oceano mediático donde las botellas y los mensajes solo llegan a las playas desiertas. Pero quisiste gritar tus susurros venidos del silencio ensordecedor de la duda constante y permanente.
Para ser  un rebelde sin causa defiendes demasiadas causas y algunas se te desvanecen en las manos. Con tantas hojas caidas del árbol de la ingenuidad todavía conservas raices profundas y firmes que hacen que el árbol se doble y nunca se arranque. Porque bajo tierra siempre encuentras la energia que te alimenta. Aunque a veces te conviertas en un topo, un poco ciego, un poco subterraneo que apenas distingue destellos de brillantez en una habitación oscura. Vampiro de sangre fresca de virgenes que todavía creen en la rebelión.
Este año hiciste la revolución a distancia y por fascículos, escribiste libros que nunca habían sido escritos y que no seran leidos .
Volviste a navegar con el viento de la indiferencia con el que navegaste toda tu adolescencia. Te convertiste en un miserable juglar de almenas y ventanas vacías. Y en todo ese camino, aparecieron nuevos personajes para el cuento de tu vida. Algunos con el corazón de hojalata y otros con el cerebro de un león.
Y al final, como al principio, hiciste de la soledad tu mejor compañia. Cantando canciones que nadie entiende. Ante un mundo que te comprende tan poco como tú a él. Desorientado como el que no va a ninguna parte. Huidizo com el mejor escapista. Ilusionista como el mejor mago. Y  feliz por tener el privilegio de subir al tren y observar que todavía quedan vías paralelas.

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