La extraña pareja

Él debía rondar más o menos los cincuenta. Ella no debía tener más de venticuatro. Él tan alto, tan serio, tan pálido y tan delgado. Ella morena y frágil, tan graciosa y pequeña. 

Él era transportista autónomo. Estuvo enfermo la semana pasada pero tuvo que seguir trabajando porque si él no sale contratan a otro para hacer el transporte. Llevaba toda la semana escuchando su tertulia de radio preferida. Está casado pero hace tantos años que está casado que no recuerda por qué lo hizo. Así que cuando llega la noche mira con devoción como un grupo de tertulianos dicen lo que él piensa y le reconforta saber que siempre tuvo razón, que aquí todo el mundo chupa del bote y que el único que trabaja realmente y tiene una vida dura es él. Cada día que se acercaba la huelga general estaba más y más enfadado. ¿Quien le ayuda a él cuando lo necesita? 

Ella fue dependienta, telefonista, trabajó en una cadena de producción y ahora está parada porque quiso presentar una lista sindical en las elecciones de su empresa y la echaron. Sigue soltera porque es demasiado exigente para conformarse con cualquiera. No busca un principe azul ni le gusta besar sapos. Pero le brillan los ojos con la foto del Che Guevara y las canciones de Ismael Serrano. No es que sea ilusa, es que es ilusionista. Ella se había estudiado la reforma laboral para explicarsela a los compañeros y compañeras de la empresa de su hermano. Y mientras se acercaba la huelga tenía miedo de quedarse sola. Esa soledad de quien no comprende el mundo que le rodea. Demasiado rebelde para defender solo una causa. 

Él cogió su camión como cada dia para recoger la mercancía en el turno de noche. Trabajar de noche no es fácil si tienes familia. Aunque lleva demasiado tiempo así sigue teniendo un poco de sueño y eso le hace estar un poco de mala leche. Sabía que habría piquetes en la entrada pero él estaba dispuesto a defender la libertad de quien decide no hacer huelga a toda costa. Tal y como había oido hacía un rato en su tertulia preferida. 

Ella llevaba sin dormir toda la noche. Había ido al punto de concentración a las once. No había dicho nada en casa, especialmente a su madre. Las madres se preocupan por todo. Eran ya las cuatro y formaba parte de un grupo de piquetes informativos a la salida de un polígono.

Él se acercaba a su destino. Le quedaban apenas unos metros. Vio banderas y gente.
Ella vio unas luces que se acercaban. Era  un compañero que conducía un camión.
Él no entendía por qué le cerraban el paso.
Ella no entendía por qué el compañero se empeñaba en pasar.
Él aceleró.
Ella se puso delante.
Él siguió.
Ella entró en coma.

Si algo aprendí en esta huelga general es que el sistema es un juego de dominó donde cada pieza está imbricada con la siguiente, cuando una cae, caen todas. Sin embargo, cuando una se levanta no se levantan todas.

A los pocos minutos, ella recuperó la conciencia... Tambien la de clase. Él no giró ni siquiera la cabeza. Siguió escuchando su tertulia preferida.

Brindemos por el final de cada historia, quizá podamos escoger nuestra derrota.


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