Mañana al amanecer

Cuando eres joven siempre piensas que siempre serás joven. Piensas que nada te puede pasar. Piensas que nunca necesitaras ayuda. Piensas en no pensar. Piensas en lo que serás de mayor. Cuando eres mayor, cuando ya eres muy mayor, entonces eres consciente de que todo eso te pasa a ti. Llega un momento en que tienes más recuerdos que proyectos. Y aún así sigues creciendo. Esperando que tu sombra sea lo suficientemente alargada.
Esta semana cumplí 93 años. Cuando me plantaron apenas medía dos metros. Era pequeño y me gustaba jugar con el viento. Desde pequeño fui un superviviente en un pueblo de supervivientes. Cuando por fin superé la valla que me separaba de mi Puerto pude ver como aquel pueblo de gente humilde venida de tantos sitios se iba convirtiendo en un pueblo.
Crecí respirando mineral. Con la mirada puesta en las generaciones de niños que pasaban por el colegio de Begoña y venían a compartir sus recreos conmigo. En los días de sol intentaba dar tanta sombra como podía para que se pudiera jugar al futbol en las mejores condiciones. Ví pasar las primeras manifestaciones que reclamaban mejores servicios para lo que llamaban "el poblado del Puerto". Si me giraba podía ver partidas de frontón vasco. Durante la dictadura franquista pasé miedo y me limité a cumplir mi papel en las demostraciones de gimnasia. Vi los primeros partidos del Sporting de Balonmano hasta que no les dejaron jugar donde yo podía verles. Cada Primero de mayo lamentaba tener raices tan profundas para poder correr delante de los grises con mis compatriotas de lucha.  Con la democracia tenía ya suficiente altura para ver las pintadas, los carteles, la ilusión de la gente ante algo nuevo y refrescante. Lloré en cada asamblea de la Fàbrica, recogía mis ramas para conseguir que el megáfono se escuchará bien para todo el mundo.
Hace apenas  una semana me pareció volver a notar el espíritú del Puerto, algo diluido, algo más confuso, algo más confundido. Era una huelga general. Como las de antes.
Hace poco comencé a sentirme ignorado. Los niños ya no venían a tirar sus dardos a mi tronco. Me sentí invisible como todo lo que siempre ha estado en el mismo sitio. Me sentí asediado por omisión. Por no adaptarme al siglo XXI. Debo ser uno de esos productos del siglo anterior. Inadadptados.
Hace pocos meses me llevaron ante el tribunal. Negué haber hecho nada malo. Se me acusaba de obstrucción al progreso. De detención de la modernidad. Les dije que jamás me opuse a nada. Que no sabía de que estaban hablando. Mi abogado apenas abrió la boca. Alguien dijo que no era una especie autóctona. No sé a que se referia. Yo nací aquí.
Cuando escuché el veredicto, me pasó la vida por delante, y recordé aquellos trabajadores que un dia fueron a trabajar sin saber que iban a morir alli mismo. Lloré con la poca savia que me queda.
Soy un ecualipto del Fornás. Mañana al amanecer, estoy condenado a morir por motosierra.
Os echaré de menos. Al Puerto y especialmente a su gente.

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