Mis cajas de ahorros

Mi primera caja de ahorros fue una caja de puros donde metía el dinero que sisaba a mi madre del monedero. Las cajas de puros tienen un encanto especial para un niño. Tienen cierre. No tienen llave pero tienen un cierre que las hace casi inexpugnables.  La escondía bajo el sillón. Un lugar completamente seguro donde nadie hubiera podido sospechar que estaba mi dinero. Y el olor a tabaco hace que el dinero huela más importante. Generaba intereses abundantes. De hecho hacía el dinero más interesante.
Coleccionaba dinero. No lo ahorraba. Realmente creo que no tenía demasiado sentido coleccionarlo para nunca gastarlo pero esa caja de ahorros hacía una función claramente terapéutica. Me hacía sentirme rico porque tenía dinero en una caja.

Cuando me hice mucho más mayor descubrí que alguien había hecho un negocio de mi idea de la caja de puros. Al principio para mi solamente era un lugar donde me daban la camiseta de España. El uniforme de cualquier niño nacido en los setenta para el mundial del 82. Tambien daban unas carpetas verdes que podías decorar -ahora se dice customizar- como tú quisieras. En ese sitio se habían quedado con toda la pasta de mi comunión y me lo habían apuntado en una libreta. El dinero ya no podía verlo ni contarlo cuando me apeteciera. Allí trabajaba el vecino de, el tesorero de cada falla, el hijo de uno que vino del mismo pueblo que la familia de mi abuelo. Era un sitio donde siempre había cola. Se vestían arreglaos pero informales. No daban tanto miedo como en los bancos. Parecía un banco pero un banco de ir por casa.

Allí me abrí mi primer fondo de inversión cuando le pregunté a mi padre qué pasaba con mi dinero que yo ya era muy mayor. Tendría por lo menos 18 años o más. Y cuando monté mi primera asociación me dieron una subvención que para una asociación tan cutre como la mía era un montón de dinero y sentirte importante. Si necesitabas camisetas para el equipo del barrio o si necesitabas publicidad para las fiestas allí tenías a Caixa Sagunt.
Cuando acabé la carrera decidí que ya que yo había tenido la idea de la caja de puros podría participar de sus beneficios. Y me cogieron para trabajar en una caja de ahorros. En la primera de España nada menos. Y seguíamos imitando el modelo que habíamos visto de pequeños. Cercanos, humanos, sociales. Haciendo banca para todo el mundo.
Las cajas de ahorro inventaron la responsabilidad social corporativa antes de que alguien la llamara así.
La semana pasada escuché a Esperanza Aguirre llamarlas "entidades sin dueño". Quizá las cajas no tuvieran propietario pero sí que tenían dueño. Un dueño colectivo y social llamado gente normal. Un consejo de administración formado por entidades de pensamiento colectivo, asociaciones, diputaciones, ayuntamientos velando por intereses colectivos. Lástima que confundieran los intereses generales con generar intereses. La política realmente existente las vio en su ingenuidad como el instrumento básico para sus desmanes.
Y entonces llegó una crisis alimentada desde el entorno financiero que se quería comer el mundo y el mundo se las acabó comiendo.
Dentro de unos años contaré historias de viejo cascarrabias sobre cómo se cargaron mis cajas de ahorros. Hablando de un tal Basilea y de unos mercados, de un core capital. Y nadie entenderá nada. Más o menos como yo ahora.
Entidades sin dueño, Esperanza. Todo debe tener un dueño. Nada puede ser de todos. Así funciona el mundo. Si es que el mundo funciona.

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