Arrognorantes, jefes tóxicos y traficantes de miedo. Los enfermos dan las recetas

Cuenta una leyenda que el rey de aquel reino quiso dominar a sus súbditos ante el temor a una rebelión. El mago del reino le ofreció la posibilidad de una pócima que vertida en el pozo haría que los campesinos tuvieran comportamientos lunáticos de manera que nadie creería ni seguiria a un lunático en  una rebelión. Pasado el tiempo los campesinos empezaron a cometer locuras y cambiar sus modos de vida. Y pronto empezaron a mirar con recelo al monarca al que veían con comportamientos extraños aunque el Rey se comportaba de acuerdo con los canones habituales de esa época. Finalmente, hubo una rebelión. El Rey habló con el mago y le pidió la pócima para beberla con toda su familia. Resistió la rebelión y los campesinos comenzaron a estar orgullosos de las nuevas decisiones de su rey. Por fin, su rey tenía un comportamiento normal.

La crisis ha puesto de moda los jefes tóxicos. El perfil sigue siempre ha existido pero parece lógico que reviva en periodos de escasez mientras se esconde en periodos de abundancia. Se trata de un perfil sencillo: el enfermo de adicción al trabajo que ha encontrado en el ámbito profesional el refugio de una vida vacía y descompensada. Las oficinas bancarias son el nido más habitual de una avis cada vez menos rara.

La crisis ha sido para los jefes tóxicos como la lluvía para los caracoles: el momento de lucir con esplendor. La escasez les hace justificar su propia actitud vital de dedicación íntegra y enfermiza a un parte exclusiva y excluyente de su vida, la parte profesional. Allí se encuentran cómodos. Cómo cualquier otra adicción genera una visión distorsionada de la realidad, una visión sesgada por la gafas de una enfermedad. Una presbicia profesional de dimensiones imprevisibles por contagio.

En el ámbito financiero los jefes tóxicos basan sus teorias profesionales en la dedicación. Así surge la arrognorancia (arrogancia + ignorancia). Se basa en una escasa formación o un menosprecio de la formación. Debemos entender por formación cualquier espiritú crítico o preocupación globalista-teórica. Un buen profesional enfermo debe desatender el contexto y centrarse en su propio mundo. Así, más dedicación implica más producción. Cualquier persona que haya hecho un módulo de economia sabrá que eso no incrementa la productividad. Pero la productividad es un concepto que importa poco al arrognorante. Desconoce el contexto y por tanto se aisla de él. Sin embargo, la organización envia un mensaje peligroso y disociado. Requiere a los más jóvenes del estrato bajo un alto nivel de creatividad y formación mientras situa en el estrato de poder una persona que niega los dos axiomas. El aprendizaje premio-cástigo hará el resto. El jefe tóxico no quiere mentes pensantes, básicamente porque él no quiere pensar tampoco. Le va bien con una interpretación tóxica de las órdenes, transmisión ciega y sesgada de la cadena de mando.
El jefe tóxico en entornos de escasez se convierte en un traficante de miedo. La escasez le permite justificar su propia actitud vital. Así, tratará de obligar a trabajar más a sus subordinados para elminar su propia sensación de enfermedad adictiva. Dedicar más horas los demás justifica su propia dedicación. Para ello creará estrategias mentales inconscientes. La mejor de todas: traficar con miedo. El jefe tóxico comunica con mayor dramatismo las situaciones de dificultad para poder ofrecer su propia receta: trabajar más horas. Así, intentará generar una amenaza externa (ere, cambios, desnombramientos, jubilaciones, despidos) para visualizar un darwinismo laboral a su imagen y semejanza. No sobreviviran los más rápidos sinó los que más tiempo pasan corriendo.
No deja de ser curioso que se ponga en manos de los enfermos de la organización la salud de la organización. Y así no es extraño que las organizaciones se contagien conceptualmente. Pero qué pasa cuando toda la organización toma la pócima? Sí... entonces todo esto es simplemente.. lo normal.

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