El mito de la taberna

Todos los clientes eran atados a las sillas y obligados a mirar permamentemente hacia la pantalla gigante. De esta forma solamente eran conocedores de lo que un mando a distancia y un coro de canales consideraban que debían saber. Los clientes hablan entre ellos.
En una mesa dos sindicalistas juegan a las cartas. Ayer siempre iban a bastos, esta mañana espadas pero ahora van a oros. Uno acaba de cantar las cuarenta. El otro sólo veinte.
En otra mesa una profesora de aleman dice que España ha aprobado el examen mientras enseña a un joven ingeniero un mapa de Berlin.
Los de al lado hablan sobre la muerte de Maria Schnaider, la protagonista de El último tango en Paris y sus vinculaciones con la mantequilla.
Un tal David Bisbal, cliente asiduo de la Taberna, se le oye decir cómo de tristes estan las pirámides de Egipto. Desea que se acabe pronto la revuelta para poder seguir disfrutándolas. Recuerda el día que visitó Nevada y se sorprendió al encontrar solamente un desierto o cuando en Londrés miraba el big-ben y le pareció increible que allli se formará el universo.
Por fin, en una mesa alguien habla de futbol. Algo divertido. Mou dice que es mejor estar en la final que no estar en la final.
Finalmente, en la mesa del fondo, Mariano intenta releer lo que escribió en una servilleta como receta mágica para salir de la crisis. Pero no entiende su letra y la servilleta se ha convertido en un jeróglífico que le conduce al silencio. Su mejor propuesta hasta el momento.

Uno de los nudos que ataban a los clientes a las mesas y les obligaban a mirar fijamente la pantalla se soltó. Fue paseando por la calle. Lejos de la pantalla gigante, cegado por la luz natural vio que la baraja estaba marcada. Con las cartas que reparten los mercados dificilmente ganaremos la partida, que jubilamos más tarde porque impedimos a los jóvenes empezar. Y que a la mayoría de la gente normal el lado de la mantequilla es justo el lado del que siempre se le cae la tostada. Alguien le dijo queen Egipto se estaban construyendo nuevas pirámides democráticas en mitad de un desierto de arenas dictatoriales.  Y su viejo amigo Vujadin le recuerda que es mejor ganar que empatar. Y que empatar es mejor que perder. Las servilletas son excelentes para escribir canciones de amor y terribles para las pócimas mágicas.

Al volver a la taberna se puso delante de la pantalla para que todos los clientes que continuaban atados le pudieran ver bien. Y les explicó lo que había visto y oido fuera.
Insultos, gritos y algún tercio lanzado a su cabeza. El dueño le invitó a salir del local. Molestaba a los clientes que querían seguir mirando la pantalla.

Luisma decidió volver a engañar a la renfe. Compró un billete de ida y vuelta. Y nunca volvió.

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com