Fordismo financiero: la robotización de la factoria para Kipin Red Profesional Financiera

Hoy en día asistimos a un espectáculo de jibarización del empleado de banca. Se le intenta reducir el cerebro tanto como sea posible. La eliminación de la autonomia personal en el trabajo es cada vez más evidente. No se permite ningún tipo de decisión en el eslabón más cercano al cliente. El empleado o empleada se va constreñido a un papel de contactador.
El punto de partida de este proceso es la consideración del producto financiero como un producto homogeneo (si los demás venden esto tú tambien) y simple (no sofisticado) aunque la realidad inconstestable se empeñe en decir lo contrario.
En la crisis de princpios de los noventa nace el modelo fordista financiero sin embargo a finales de los 90 y principios de siglo XXI se empezó a cuestionar esta idea partiendo de la base de la necesidad de una atención global al cliente que partía del principio de necesidad y no del principio de oportunidad (para la empresa). Se considera el empleado un gestor global del cliente que debe entender su itinerario financiero vital y asumir la cobertura de sus necesidades.
La crisis aniquila ese modelo de aplicación financiera. En primer lugar, la crisis requiere culpables. El primer chivo expiatorio se busca en los actores y no en la interacción. Nadie piensa en una interacción general expansionista y dada a la vanidad o la euforia donde las propias entidades laxan sus normativas en favor del negocio. El pensamiento es la culpabilización de la capilaridad (el punto final de la toma de decisiones).Se considera culpables a los directores que tomaron decisiones erroneas. Todos ellos. Por ello se eliminan los niveles de atribución y la gestión de comisiones salvo casos de extrema necesidad. Por otro lado se multiplica por diez la burocracia buscando la centralización de decisiones y la dificultad para salirse de normas generales fabricadas por la intendencia. Entramos en el despotismo ilustrado financiero. Todo para la red pero sin la red. El mensaje lanzado desde los cerebros pensantes de cada entidad es "deje usted de pensar y venda, ya pensamos por usted-".
Instalamos pues en la factoría una cadena de montaje donde se robotiza al empleado que es un mero ejecutor de un guión completamente escrito. Su papel de actor ni siquiera permite un cierto grado de interpretación. Se limita a la contactación de los productos que le son requeridos buscando los clientes adecuados. En el mejor de los casos ya no se busca un producto adecuado para un cliente sino un cliente adecuado para un producto.
El resto de mensajes ya tienen como base la robotización. Por ejemplo, la ejecución sin criterio propio. Limitense a poner su pieza en la cadena de montaje. Al lider de oficina se le elimina cualquier atisbo de criterio propio más allá de decidir con quien contacta y a veces ni eso. La cadena de mando deja bien claro el sistema descendente de órdenes y la jerarquia se complica tanto como se puede mediante cargos intermedios que engordan la organización sin alimentarla. La robotización tambien comporta la eliminación del descanso (trabajen más horas ya que no tienen vida propia).  Finalmente, la peor de las consecuencias es la  paralización de talento. Cualquier tipo de pensamiento creativo financiero es sepultado en un cementerio de ideas 2.0 cuando lo realmente éxitoso seria la captación y canalización del talento propio. Las lápidas del cementerio del talento suelen incluir epitafios del tipo "los mejores en los mejores puestos". Frases vacías en un a cadena de montaje financiera donde lo más que podemos conseguir es que los mejores instalen las piezas más complejas o lo hagan más rápidamente sin aportar nunca ideas que mejoren su funcionamiento.
La crisis económica y financiera ha sido la excusa perfecta para involucionar, una satisfacción para quienes no saben manejarse en entornos de horizontalidad. Y conozco muchos cuadros financieros con pánico a los espacios horizontales. Nunca sienten vértido en las alturas. En cambio sienten pánico cuando sienten próximo el talento.
En aquella empresa se presumía de tener los más rápidos taquigrafos. Lástima que no hiciera nadie caso de uno de los taquigrafos más lentos. Sugirió que se compraran unos nuevos aparatos. Se llamaban ordenadores.

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