La princesa del Castillo del Desengaño

La Princesa de los sueños vivía en un castillo fortificado en la parte alta de la colina. Su padre, el Rey, habia muerto tras un largo desengaño con metastasis en el alma. Y ella tuvo miedo de sufrir la misma enfermedad y construyó un foso alrededor del castillo. Era el foso del deseo donde habitaba un dragón llamado Duda. Y se recluyó para siempre en la estancia del recuerdo, vestida con una armadura de miedo y decepción.

Un día al año se hacía mercado dentro del castillo, había magos, músicos, circo, forzudos, luchas con espada. Él creció en una familia de ilusionistas y aprendió todas las artes. Le gustaba la música, la magía, el circo, levantar peso y luchar con la espada. Y ese día de mercado la vio de lejos. Le pareció tan bonita que parecía no ser de verdad. Al salir del Castillo, al día siguiente, no podía dejar de pensar en ella. Soñaba con ella, escribía para ella y cantaba para ella.

Su familia debía marcharse a otro mercado, a otro castillo y a otro reino. Pero él decidió quedarse. Y a la mañana siguiente se dirigió al castillo. Pensó que podría llamar su atención tocando su flauta alrededor de las murallas. Pensó que quizá una música tan bonita y unas canciones dedicadas a ella la enternecerían. Pasó horas tocando bajo las murallas, dando vueltas y vueltas. Hasta que ella apareció por una ventana. Y sonrió.

Su sonrisa era suficiente para alimentar su alma de ilusionista pero quería más. Así que enfiló el foso del deseo a nado. El agua estaba tan fria, que al salir del foso cogió una pulmonia y tuvo que quedarse varios días escondido y enfermo. Por suerte, el sol fue fuerte y le ayudó a reponerse.

Cuando estuvo repuesto se dirigió la puerta del Castillo donde apareció Duda. El dragón se movía con la fuerza de un elefante y la rapidez de una gacela. Lanzaba el fuego de la curiosidad, que quemaba una y otra vez su piel y sus ojos. Pero fue capaz de clavar su espada justo entre los ojos de Duda. Aunque quedó con heridas profundas.

Enfermo y herido tocó a la puerta. Pero nadie contestó. Miro a la ventana. Y ella sonreía. Y la sonrisa fue de nuevo la alquimia que convirtió en oro todo el metal de su espada. Cogió la piel del dragón y fue tejiendo una larga cuerda hasta una de las ventanas del castillo. Trepó por ella como pudo. Y entró dentro del Castillo.

Al entrar dentro de aquella estancia encontró un anciano sentado en una mesa. Le invitó a sentarse. Y le dijo que la única manera de salir de aquella estancia era descifrando el enimga de la llave. Solamente entonces se abriria la puerta y podría ir a abrazar a su princesa. Preguntó cual era el enigma. Y el anciano se lo explicó.

Le enseñó un papel en que ponía: ¿Cual es la única manera de levantar diez veces el peso propio?

Él pensó un minuto. Sonrió. Y contestó rápidamente: Pidiendo ayuda a la gente que te quiere. El anciano contestó: el enigma no tenía una sola solución. Te has ganado el favor de la princesa. Está esperando en su habitación.

Se abrió la puerta y vio entrar una luz blanca. Se dirigió hasta ella. Estaba preciosa. Con ese vestido azul con el que la vio aquella primera vez. Sus ojos despedían tanta luz que casi cegaban la vista. Seguía sonriendo. Le tomó de la mano. Sus manos eran tan suaves. Él cayó de rodillas ante ella. Y se echó a llorar.

Qué te pasa? Le preguntó la princesa. ¿No estas feliz de tenerme por fin entre tus brazos?

Y él no pudo evitar mirar hacia arriba y con los ojos llorosos decirle: Pasé horas tocando música y no me abriste la puerta. Nade por el foso y no me regalaste ropa de abrigo. Luché contra el dragón y no me prestaste un escudo. Trepé hasta la ventana y no me lanzaste ninguna cuerda. Me planteaste un enigma y no me diste ni una pista.

Ahora estoy enfermo, cansado y herido. No me quedan fuerzas para amarte.

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