Vivirte, vivirnos, vivir

Leyendo los titulares del diario de mi pasado entendí que llegué a ser otra persona. Descubrí que siempre quise hacer magia pero no siempre fui mago. A veces fui alquimista, a veces prestidigitador y otra vez un simple escapista. Creo que ahora soy más Merlin que Houdini desde que me golpeé en los ojos con un corazón azul que encontré enmarcado y escondido en el desván de la fantasía. Cada vez que me baño en el lago de su memoria me doy más cuenta de que el reflejo es más bonito que mi propia presencia. Prefiero navegar con las velas de la imaginación a sumergirme y quedarme sin el aire que necesito para cantarle una melodía al oído. Suele ocurrir que lo que te asusta es precisamente lo que no te da miedo.
Aquella niña pequeña me lo contó todo y enseguida descubrí que enamorarte no es lo mismo que estar enamorado. Pintó una sonrisa sin nariz porque es la sonrisa que le falta a una nariz de payaso. A veces la leo sin que me escriba. Otras veces la entiendo sin que me hable porque aunque no siempre escriba lo que siente siempre siente lo que escribe. La subida al tobogán de la vida da vértigo pero el descenso es siempre placentero, con el aire en la cara y la sensación de días que duran veinticinco horas en los que su sonrisa se compone de dos manecillas de reloj mágicas que cambian a cada momento. Por eso las pesadillas no son sueños que dan miedo, las pesadillas simplemente no son sueños.

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