¿Qué hacen chicos como esos en sitios como ese? El radioblog apócrifo que nunca se emitió

Esta semana el protagonismo mediático se lo ha llevado un movimiento informal llamado Democracia Real. Esta misma tarde hay una concentración en la Plaza del Sol a las ocho. Este movimiento convocó manifestaciones en las capitales de provincia el domingo anterior a las elecciones. Al hilo de las manifestaciones algunos de los asistentes decidieron acampar en la Puerta del Sol de Madrid. El movimiento reclama un incremento de la participación de los ciudadanos de manera directa en la política, lucha contra el bipartidismo, exige transparencia y menos poder para los políticos y un montón de cosas más...

La semana pasada contaba una anécdota de mi infancia en mi cruzada para prestigiar esta santa devoción política que comparto con mucha gente. Y hoy me tendré que ir hasta la Universidad para contarles otra.
Yo entré en la Facultad de Derecho en la linea en valenciano por cuestiones más pragmáticas que conceptuales. Y allí conocí gente. Gente especial con la que también conservo una relación especial hoy en día. En aquella época no era fácil estudiar en valenciano en la universidad. Así que decidimos encerrarnos en el hall de la facultad para reivindicar más clases en la lengua de Joanot Martorell. Allí pude conocer la épica de la lucha singular y la erótica de una especie de heroismo pionero. El encierro tiene una especie de mística particular que te transporta a fines más elevados. En todo caso, conseguimos los que quisimos y nos pusieron más profesores en valenciano a base de guitarras, canciones de la transición, bocadillos y poesia.
Al año siguiente volvimos a hacer lo mismo. Solo que esta vez se enteraron en otro campus -que no era el de la propuesta calmada de los estudiantes de derecho-. Y nos llenaron la facultad de pintadas. Incluso pintaron en el monumento de Don Manuel Broseta. Insultando. Está claro.

Cada año acudíamos a las dos manifestaciones habituales del valencianismo de raiz fusteriana, una en octubre y otra en abril. Reconozco mi inicial fascinación por la multitudes, de la que todavía disfruto. Había mucha gente. Y todos parecían estar de acuerdos en cosas aunque estaba claro que había una cosa en la que no estaban de acuerdo.

Fue mi aprendizaje de bienvenida al mundo ideológico. Mi puerta de entrada. Así que fue en esa época donde descubrí que hay una parte de la izquierda que busca su propio Mayo del 68, no como inicio de nada duradero sino como una espiral de vida. Hay revolucionarios profesionales de esperanza patológica y optimismo existencial que todavía creen que las llamas son fuego y el humo una cortina. Y luego hay otro tipo de personas que construyen cabañas de cimientos sólidos que el lobo no pueda derribar de un soplido.

Está claro que el movimiento es bientencionado. Suscribo completamente el manifiesto, sus peticiones y algunas más que se les han olvidado. Pero la sensación de dejavu de las acampadas actuales es inevitable respecto al movimiento del 0,7%. Una explosión mediática que se apaga como una vela en el cumpleaños de un niño. Con solo un soplido. Sin embargo, Otro movimiento bienintencionado, el de la Gerencia Pública donde aprendí que sin constancia no hay nada.
Así que siento no ser un supermegaguay izquierdoso que se pase el día twitteando lo que pasa en las acampadas. Y no lo soy porque nada más acabar mis estudios decidí que era necesario un trabajo constante, diario, disciplinado y colectivo para construir una alternativa de valencianismo social. Me manifiesto poco. Porque estoy 363 días manifestándome. Hace diecisiete años que decidí acampar en la plaza pública.

Porque acampar y twittear mientras te miran todos los medios de comunicación como si fuera el Show de Truman es muy fácil. Incluso es conveniente para refrescar la conciencia de una sociedad adormecida. Pero me niego a que tiren a la basura el trabajo de otros. Lo dificil es coordinar un mailing de 50.000 personas. Asistir a los mítings de toda una comarca y prepararte algo coherente que decir. Doblar 20.000 papeletas y ponerlas en sobres. Y cuando todo eso se acabe, dedicarte a mirar expedientes para ir a comisiones con una propuesta mejor, reunirte con treinta colectivos en treinta tardes diferentes, ver tu imagen pública insultada en la prensa, y entre expediente y expediente encontrar un momento para sonreir y soñar con un futuro más justo, más transparente, más participativo y más solidario. Y esto no lo he hecho yo, lo ha hecho Tere.
Hay unos cuantos centenares de jóvenes acampados. Y unos cuantos miles están haciendo campaña. Trabajando desde partidos minoritarios donde todo se hace artesanalmente, personalmente, con trabajo y más trabajo.
No puedo creer que la única campaña que les valga a algunos, sea la tienda de campaña.

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