La piel que habito.


Había leido que la película no respondía a los esquemas típicos de Almodovar. Y esa curiosidad me llevó a la sala. Cierto que quizá no responde a ciertos esquemas pero sí circula por cauces de evolución cinematrográfica del director. La puesta en escena sigue siendo impecable. Con una escala cromática impactante, excelente uso de la luz y maravillosa gestión de las pieles con el maquillaje y numerosas metáforas sobre los disfraces en los que nos metemos a diario. Las localizaciones son inmejorables y el vestuario también lo es.
Conceptualmente se mueve en los mismos derroteros habituales dejando perfume a reflexión sobre la transexualidad, la homosexualidad pero esta vez con enorme ambición -el hombre como gestor de la naturaleza, la lucha contra el tiempo y la sensación de todopoderosidad-. Se queda a mitad de camino entre las películas tipo de criaturas creadas por el hombre que se rebelan contra él -Blade Runner o Frankenstein- y el western. El duelo final entre dos mujeres es impagable. Los planos están milimetricamente medidos a la perfección.
Sin embargo, el guión patina. Y patina por falta de verosimilitud. A pesar de que en ciertos momentos el espectador descansa en una espiral en que tiene la sensación de posible realidad. El proceso de gusano-mariposa, patito-cisne, cualquier proceso evolutivo vivido desde dentro está bien construido pero la acumulación de tragedias y los cierres de las excesivas tramas no están -bajo mi punto de vista- bien hilvanadas. Lo que configuran una magna acumulación de sucesos narrativos que, con un montaje roto que casi siempre suele poner sal en las películas, complican innecesariamente la historia. Pequeños detalles resultan aditivos y edulcorante. La masiva y fácil presencia de pistolas propia del mundo anglosajón podria haberse sustituido por algo más mediterraneo e igualmente pasional. Las manifestaciones de deseo son demasiado semejantes -lametazo continuo- y se podría haber trabajado más sobre el deseo contenido. La yuxtaposición de locuras de la que ningún personaje se salva dificultan la lectura. El telón de finalización es demasiado rápido y tras haber vivido una tragedia los títulos de crédito se saborean con una especie de sonrisa cínica que te devuelve a empujones al patio de butacas.
En resumen, una película que vale la pena ver si la comparamos con los bodrios americanos que suelen poblar nuestras salas y de los que, por cierto, se empieza a teñir el cine de Almodovar. Por ejemplo, la explicación del ovillo narrativo por el personaje de Marisa Paredes és más cercana al espectador "tonto" estadounidense que al "listo" europeo. Bueno.. quizá ya no..

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