Las hormigas también viajamos.

El internacionalismo se gesta viajando. Pero el nacionalismo no se cura así. Acabo de visitar Dublin y Cracovia. Dos ciudades de reflexión ideológica. La distancia genera relatividad y una cierta invisibilidad. El turista vive en una burbuja, el viajero es un voyeur de la vida oculta y el visitante camina de la mano de la realidad desvelada. Desde la invisisibilidad y el anonimato la relatividad permite unir la nueva realidad y casarla con la propia durante unos días. Las dos ciudades cuentan con abundante clase trabajadora. Son ciudades de turismo obrero básicamente. No por el que va sino por lo que encuentra. Pero las dos ciudades tienen más cosas en común. Frecuentemente el internacionalismo de base marxista ha prescindido de las cuestiones postmaterialistas como la nación y la religión. Un error de primero de sociología. . Dublin interesa por la combinación de vector identitario y de clase. De nacimiento inacabado revolucionario reciente su combinación de liderazgo identitario y de clase trabajadora llama la atención. Allí esa combinación se vive con normalidad. La lucha de país es también una lucha de clase. Dicho esto con todos los matices de una realidad poliédrica. En España solamente Euskadi mantiene esta épica de la izquierda con gudaris y sensación de “worker”. El resto o bien se ha decantado por aspectos predominantemente identitarios (BNG y la actual Esquerra) o exclusivamente identitarios. En nuestro país, a pesar de las bases fusterianas, el Bloc se constituyó en un frentismo de denominador común progresista que configuraba un juego de franquicias de suma cero ideológica. A nivel local el segregacionismo mantuvo una cierta esencia irlandesa en sus inicios hasta llegar a la paella mixta actual donde de todo se le pone a esa paella.
 Cracovia dispone de un distrito llamado Nowa Huta. Se trata de una ciudad diseñada integramente como un experimento urbano del fascismo comunista. Viviendas iguales para trabajadores iguales que vivían justo al lado de las fábricas. Curiosamente fábricas de acero. Entenderán que para un porteño aquello era un filón de primera magnitud. Uno no podía evitar sentirse a veces en Churruca o la Ciudad Dormida. El fascismo comunista también andaba preocupado con el control y la sensación de comodidad. Así se configuró gran parte de Nowa Huta y algunas partes del Puerto. La estratificación de la disposición arquitéctónica de la ciudad es evidente como lo es en el Puerto.
 Pero para encontrar los matices de las ciudades ya hay que sacar el rastrillo y el pozal. Los centros de las ciudades europeas empiezan a ser intercambiables. Para respirarlas es imprescindible subirse al transporte público y abandonar el aroma a kebab mezclado con pizza, la luz de las franquicias, el imperio de los supervivientes y descubrir el sabor de lo real aunque ya casi nada sea auténtico.
España vive el vector identitario como un conflicto. Tiene razones para hacerlo. No lo niego. Pero conceptualmente debería ser una riqueza incalculable porque con el camino que llevamos el centro de Valencia se podrá cortar y pegar en Madrid o en Barcelona, en Dublin o en Cracovia. En una especie de ciudad neutra aislada de su entorno turísticamente mundializada.
El reto de la izquierda será preservar la identidad sin perder la conciencia de pertenecencia a una clase social. Aunque a los turistas siempre les interesen las excentricidades de los ricos a lo largo de la historia. Las hormigas también viajamos. Y queremos saber lo que hace las otras hormigas sin convertirnos en reinas por unos días.

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