Él vuela entre las nubes junto a un montón de mariposas antes de despedirse. Erguido como un coloso en llamas saludando el regreso de los pescadores a puerto seguro.
Ella se pone de puntillas para besarle. Y el brillo de sus ojos es inconfundiblemente fruto de un montón de ilusiones compartidas.
Solamente conozco esa manera de enamorarme. Una manera inmadura, irreal e idealizada en la que su pelo es la última trinchera donde resistir. El último lugar donde encontrarte y el escudo de todas tus luchas.
Cuando una canción se une a ella ni la canción ni ella se pueden olvidar. Cuando puedes jugar al escondite entre sus piernas y escribir cartas de amor en su espalda. Su piel es tu abrigo preferido. Y su olor un camino entre montañas de lapices con la punta recién sacada. Te conectas a la vida cogiéndola de la mano y ya nadie puede separar tu rumbo del norte. Aquel lugar desde donde viniste buscando una canción y una cruz.
Sonrie y te llena de luz. Porque cree más en ti que tú mismo. Porque es la palanca que levanta diez veces tu peso. Y tú la miras de lejos. Desde una barra rodeada de gente invisible y apagada. Y te vuelves a enamorar de un gesto. De su manera de cruzar las piernas, elegante y discreta. De su sonrisa falsa que esconde para ti la verdadera. De su manera de mirarte que convierte a Goliath en David. Del sabor del carmin de sus labios.
Ya no sabría decirte como son los sueños. Hace tiempo que no recuerdo ninguno. Ya no sé atrapar sueños. Me levantó siempre con la sensación de haberlos acariciado.
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Fa 17 hores






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