Incubando la nueva crisis financiera

La crisis financiera es una crisis de valores que trae como consecuencia una crisis sistémica. Y no al revés. Esa desviación no se ha corregido con lo que ahora mismo estamos incubando la siguiente aunque se estén tomando las decisiones para corregir la anterior. 
Las teorías funcionalistas sociológicas hablan de que los órganos sociales surgen y sobreviven en tanto realizan una función social. En las entidades financieras la función social está clara, la mediación financiera universal canalizando las necesidades de capital y ofreciendo servicios que mejoran la calidad de vida. Estas teorías surgidas en los años sesenta sin embargo no tuvieron en cuenta la posibilidad de que un órgano que desempeñe una función social pudiera comenzar a producir células cancerígenas (productos tóxicos) que invadieran todo el cuerpo social. 
Efectivamente, la avaricia individualista y liberal resucitada en los años 80 tras el olvido del espíritu colaborativo surgido tras la segunda guerra mundial es el mecanismo que lanza a las entidades financieras contra la sociedad en general. Si no recuperamos su verdadera función social se tornaran cada vez más negativas para el cuerpo social. 
Si analizamos el pasado vemos que esa avaricia fue la que introdujo los criterios laxos de concesión de préstamos que llevaron a las subprime. La expansión inmobiliaria fue la coartada perfecta para olvidar las prácticas bancarias preventivas (capacidad de ahorro previa a la adquisición + solvencia moral + capacidad de devolución) De los tres criterios apenas quedó uno y no siempre. 
Pero creo que resulta más productivo analizar el presente. Tras el estallido de Lehman Brothers las entidades detectan problemas y elaboran un diagnóstico equivocado. Se revocan inmediatamente las posibilidades de autonomía de los profesionales en atención al público. Esta revocación no se justifica en decisiones erróneas  generalizadas. De hecho el mayor problema de concesión de préstamos se encuentra no en los particulares cuya morosidad es consecuencia y no causa del problema, sino de los promotores (las empresas) y esos riesgos estaban firmados muy arriba. 
Esa revocación de autonomía tiene una doble finalidad. Una es explícita y saludable: que expertos nuevos miren el riesgo a conceder y el concedido. La otra es implicita: la responsabilización de la red y la robotización de la actividad comercial. 
Me ocuparé de este segundo aspecto que me parece el más relevante. La robotización comercial consiste en el sometimiento a las decisiones de una unidad central de pensamiento sin adaptación individual. Los bancos comienzan a colocar exclusivamente el producto que más les interesa. La situación de pacto win-win que circulaba desde hacía años en las entidades financieras que todavía desarrollaban su función social (las Cajas de Ahorro básicamente) se derogan y se busca un desequilibrio deliberado en la actividad comercial donde los intereses del cliente quedan en un segundo lugar. Ese desequilibrio está hoy presente y forma parte de la crisis del futuro. 
La robotización tiene más componentes perversos. Dentro de las entidades los profesionales se dan cuenta de que el camino era equivocado. Los de más dilatada experiencia tiene una cierta tendencia a refugiarse en los valores clásicos de su oficio por lo que son desplazados inmediatamente de la cadena de producción comercial por nuevos profesionales en blanco sobre los que escribir los nuevos mensajes. Esa rebelión conceptual (no visible sino mental) preocupa a las entidades que generan lo que ellos llaman una "estructura matricial". Para el que no lo sepa una estructura matricial consiste en generar una "tela de araña" de cargos intermedios. Se detraen de la trinchera elementos productivos con la finalidad de controlar mejor la posible "rebelión conceptual". Dicho de una manera más sencilla cada vez se necesitan más capataces para controlar a menos esclavos comerciales. 
La productividad -lógicamente- se resiente dado que la producción está en cada vez menos manos y se continua (como en la parodia de los remeros) a los pocos elementos productivos que van quedando. En ese caso el concepto de productividad se sustituye por el de producción. Se puede hacer eso ya que los nuevos productos sin riesgo requieren una intensa labor de contacto comercial (estadística comercial. a más contactos más éxitos) La robotización incluye por tanto un elemento de inhumanización (el robot puede aguantar más horas) y se exige una dedicación mayor. Esta dedicación es necesaria (quizá imprescindible) dado que la entidad ha debido abandonar la banca clásica de concesión de riesgo que generaba mucho más beneficio para dedicarse a la parabanca. Un banco hoy es como una farmacia que no dispensa medicamentos (crédito) y por tanto debe ganar dinero vendiendo cremas adelgazantes (parafarmacia) a precio alto a personas que ya estan delgadas o no presentan ninguna patologia de salud asociada a su peso. 
La estructura matricial además permite crear una guardia pretoriana de la entidad. Los nuevos cargos intermedios no mejoran ostensiblemente su posición salarial pero psicológicamente su nivel de adhesión a la nueva misión empresarial se incrementa. La estructura matricial junto con la robotización de la cadena comercial permite además un efecto Nuremberg. Recordemos que los criminales nazis que estaban en mandos intermedios se defendieron bajo la doctrina "nosotros cumplíamos ordenes" sin que se llegara a determinar de donde partían las órdenes. Este problema de obediencia ciega requerida es otro problema que incuba la crisis del futuro. 

Para gestionar una estructura matricial y una robotización se requiere un pegamento imprescindible: el miedo. La crisis lo fomenta (miedo a perder el empleo básicamente) pero aún así es necesario crear mecanismos internos que lo incrementen. El control directo de la cadena comercial y la individualización de irresponsabilidad son dos de ellos. El control directo se corresponde con la estructura matricial, el esclavo comercial debe saber que el capataz le vigila y que no puede descuidarse. Para ello utilizará las fases débiles (cansancio) y retribuirá en negativo (cástigo) y obviará los momentos de mayor producción (fortaleza) y retribución positiva (premio). Utilizará el lenguaje como látigo cargado de expresiones sútilmente amenazantes (todo en banca es sútil). Por otro lado, la individualización de la irresponsabilidad se conseguirá con la asignación de tareas estancas y la eliminación del trabajo en equipo (parte más negativa de alguna teoria de sistemática comercial). La individualización de las relaciones laborales siempre ha sido un deseo empresarial ya que le permite aislar al profesional en una relación todavía más desequilibrada. 
En la gestión del miedo existe otra cuestión básica además de los traficantes de miedo. El segundo miedo más importante de cualquier trabajador es la pérdida salarial. En banca todo es sutil de manera que una reducción salarial se enmascara con un cambio de etiquetas. La actual pretensión de todas las entidades es la sustitución del salario fijo (cobras lo mismo cada mes) por el salario variable (cobras en función de la producción). En teoria el salario variable es un incentivo de productividad. Esto es cierto en parte ya que el crecimiento de la producción no siempre es un objetivo sano y por otro lado crecimientos de producción unidos a crecimientos de dedicación no generan productividad. Así, los médicos no deberían expedir cada vez más recetas sino menos. En términos bancarios no es igual pero tiene esquemas parecidos. La retribución variable te obliga a vender el producto que está en campaña. Da igual si necesitas un pantalón porque si las chaquetas no se han vendido saldrás con un pantalón y una chaqueta o quizá con una chaqueta solamente. La retribución variable es progresiva por lo que cuánto más cargo ocupes más interesado estarás en que se cumplan los criterios de tu retribución variable y menos en que se vendan cosas que no están en campaña pero lo han estado o lo estarán. Este fenómeno no solamente está presente sino que está creciendo y es hoy un objetivo "natural". 

En el fondo de todo esto existe una profunda pérdida de ética financiera. Hace tiempo que vengo reclamando la necesidad de ofrecer un Código Deontológico Financiero como tiene médicos y periodistas. No es la solución definitiva a nada pero existen grandes profesionales que ahora están "cautivos y desarmados". La existencia de unos parámetros de comportamiento socialmente saludables y otros censurados por la profesión, al menos servirían de refugio a estos profesionales. Y con esos liderazgos protegidos y auspiciados por buenas prácticas quizá podríamos reconducir la rebelión conceptual necesaria. En los años ochenta de los yuppies se puso de moda que la mejor moral financiera es la del culto al becerro de oro o simplemente la amoralidad. Nos separamos tanto de nuestra función social que la hemos olvidado. Y es imprescindible volver a poner límites, líneas rojas nítidas. Es necesario volver a creer en la banca.  

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