Conversaciones con Pessoa

No amamos a otra persona. Amamos solamente la idea que tenemos de alguien. Y al amar su concepto acabamos por amarnos a nosotros mismos.
Podemos amar una estatua que escucha los gritos idealistas de un joven comunista que le ofrece el biberón del final de la era de los ideales. Y amando aquella estatua te conviertes en un kamikaze del pensamiento alternativo que se refugia en paredes que piensan y fachadas que lloran.

Lisboa es una ciudad que cuesta de digerir porque luce banderas de la república independiente de cada casa en sus balcones. Quizá porque secuestra una memoria propia de otro tiempo en tus circunstancias. Quizá porque se enorgullece de sus callejones con salida.
Lisboa es de aquellas ciudades que aprieta los ojos con fuerza para que la crisis pase más rápido. Su amiga Sintra te recuerda que no pensar en un elefante azul lo hace inevitable, sentir que viajar es pensar en lo impensable intentando repetir lo irrepetible. Y confirmas que dormir cerca de alguien te permite entender mejor sus sueños. Y que casi todo el mundo ha pintado ya lo pintoresco y le ha quitado una segunda capa de auténtico. Para encontrar lo auténtico tienes que dejarte llevar a la deriva porque todo lo que puedas buscar ya hubo alguien que lo encontró. La deriva es la que te deja escuchar un fado lleno de futuro en mitad de un campo de fados del pasado. La deriva es la que te sube a un tranvía llamado fracaso y te lleva a la estación donde siempre te han estado esperando.
Alfama puede ser tu patria durante unos días, donde te venden el bacalao por las esquinas, donde puedes rodar escenas de la película de tu vida que son irrepetible a fuerza de repetir sus diálogos. Una patria que no recuerda lo que es un cuarto de libra con queso. Una patria de cabinas telefónicas ancladas en el suelo y en el paisaje. Una patria que escribe con letra de caligrafia y donde andar despacio te hace hacer buena letra. Una patria llena de manteles de tela y luces de neón. Donde una bella mujer te muestra una escalera de caracol que te lleva a un mundo kafkiano de puertas que no se cierran y siempre están abiertas.
Una patria donde la izquierda habla claro aunque haya poca gente que lo entienda. Una patria donde al menos los cláveles siguen creciendo en las macetas. 

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