El príncipe azulado

Los bailes eran cada vez más pesados porque todas se disfrazaban de Cenicientas. Venían con sus vestidos de colores vistosos y algo aparatosos. Y con sus zapatos de cristal y los dejaban deslizar poco antes de irse a las doce de la noche. En ese momento el príncipe se quedaba sólo. En una inmensa soledad con un montón de zapatos de cristal y ningún motivo para escoger uno. 
El aburrimiento era tan terrible que para seguir yendo a los bailes a los que le obligaba ir su padre -el Rey- acudió al médico de la corte que le habló de un alquimista emocional. Tenía una especie de herbolario al que le príncipe acudió. El alquimista de emociones le dio una pastilla azul que debía tomar antes del baile. El Príncipe insistió en que le diera más para el resto de bailes pero el alquimista  le dijo que una sería suficiente. 
El primer baile al que debía asistir era el sábado siguiente. Y se tomó aquella pastilla. Notó un picor de ojos y los cerró. Al abrirlos no notó nada extraño. Y entro en el salón de palacio donde se celebraba el baile. 
Sin embargo, al asomarse a la ventana vio llegar a una joven que llamó su atención. Llegaba tarde al baile e iba vestida apenas con un poco de ropa vieja, quizá de unas cortinas, llegaba en una calabaza tirada por dos ratones. 
La vio entrar en el salón pero no se atrevió a acercarse a ella. Su belleza le daba miedo. En realidad siempre tuvo miedo a ser rechazado aún siendo príncipe. Entonces se miró en el espejo y vio que su ropa de príncipe se había convertido en ropa humilde. No dejó de mirarla durante todo el baile. Ella le correspondía pero nunca encontraba el momento ni las palabras para decirle algo. 
Se hicieron las doce de la noche. Y acabó el baile. El Príncipe volvió a quedarse sólo al cerrar la puerta. Pero esta vez entre un montón de zapatos de cristal, había uno que no era de cristal y estaba un poco roto. Entonces supo que no le haría falta ir a ningún otro baile. 

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