De lagos, monstruos y castillos

El turismo no es un gran invento. Simplemente es un documental en 3D que te permite visualizar a cámara rápida la insolencia de un país o una ciudad. Hacer turismo acaba por convertirse en un pasillo de lugares enlatados y sin alma, postales de recuerdos que nunca se envían y unos cuantos souvernirs perfectos. Te pasas el día lanzando un flash a la memoria con la esperanza de recordar algo que no te dio tiempo a vivir exactamente. Síndrome de diógenes de la mirada que acaban en el cementerio de las fotografias.
Este tipo de viajes siempre me recuerdan que las hormigas nos pasamos la vida mirando como viven los ricos, sus excentricidades y locuras a lo largo de la historia, intentando imitar su modo de vida, haciendo fotos a sus casas y sus coches.
Escocia es un país basado en una película. El único país donde puedo hablar de hadas y elfos sin que nadie me mire como un Yanki en la Corte del Rey Arturo. Escocia sigue bajo el reinado de la Edad Media, entre las lineas de Walter Scott, atrapada en dos siglos y tres guiones a pesar de tener una ilustración tan rica como la francesa. Pero nadie hace películas sobre filósofos. Los pensamientos complejos no venden entradas.
Escocia sobrevive sobre tierra estéril abonada de formación y talento con bancos intervenidos pero anuncios de empleo en los escaparates. Escuchando un poco uno se entera de que las obras públicas también tienen sobrecoste y se siente un poco mejor, menos idiota, hasta que se entera de que Calatrava también les estafó convirtiéndose así en el mejor estafador internacional de todas las épocas.
Escuchar a los guías es toda una aventura. Construyen un anecdotario propio cínico donde la barbarie se convierte en dibujos animados. La historia de la humanidad es bastante inhumana, llena de guerras y enfrentamientos. En ese estado de cosas es normal que el whisky se convierta en la bebida de sobremesa. Si Cuba es un país en construcción mientras acaban el definitivo, Escocia es un lugar del que huir mientras te quedas atrapado entre gaitas.
Nada más llegar te sumerges en un extraño tsunami de arte, una partida de Trivial Pursuit que despierta un interés por la historia que nadie mantiene al llegar a casa y a partir de ese momento tu patria se convierte en una lengua, y tu lengua en un spa de entendimiento.
De nacionalismos hay de dos tipos, ofensivos y defensivos. Me resulta extraordinariamente asomobrosa la comprensión que se despierta en un nacionalismo ofensivo como el español respecto a las posiciones defensiva de irlandeses o escoceses cuando se visitan esos paises. Parece que adquieran una comprensión que pierden al pasar los Pirineos.
Todos los paises, todas las ciudades y todas las personas cuentan sus glorias y esconden sus miserias. Es la mejor forma de vender. Nos hemos convertido en vendedores y compradores de conceptos. Incluso de nosotros mismos.
La huella emocional de los centros de las ciudades europeas es la de un mecano intercambiable donde la pizza se ha convertido en la receta tradicional del universo. Llenos de gente, nómadas desorientados que se chocan constantemente. Porque la memoria es una cosa y la huella emocional algo diferente.
Conducen al revés, cuentan diferente porque viven del revés y piensan diferente. Pueden pintar un puente sin parar durante cien años, llenar una ciudad de estatuas para cumplir el deseo ferviente de cualquier ser humano; la inmortalidad. Llaman públicos a los colegios privados y se disfrazan siempre que pueden para convertirse en algo diferente de lo que son mientras beben del cáliz de la cebada.
En Escocia la lluvia no puede dejar de ser pertinaz pero si no te gusta el tiempo solamente tienes que esperar cinco minutos. En las destilerias lo único que queda manual es la mano de algún hombre que apreta algún botón. Es un turismo de peaje donde cada mirada en cada espejo cuesta dinero. Te acercas a una estantería y descubres un libro que explica cómo hace la comida tu madre. Y lo llaman Slow Cuisine. Y está de moda. Y te sientes como en una especie de Gran Hermano II donde los concursantes ya sabían no solo que les miraban sino cómo les miraban.
Desde que el virus de Españoles en el Mundo impregnó nuestra codicia me despierta admiración la inmigración sentimental. Tanta gente se mueve lejos de su todo por amor que en esta época resulta hasta entrañable.

Lo mejor de cada viaje es aislarte de tus circunstancias. Como un experimento científico aséptico de laboratorio donde viajas hacia adentro mirado constantemente hacia afuera. Y si el resultado es que te entiendes un poco mejor, el viaje habrá valido la pena. Si has compartido tiempo de calidad con gente de calidad, el viaje habrá valido la pena. Si vuelves con un complejo de igualdad respecto a lo extranjero, el viaje habrá valido la pena. Si entiendes que un país puede ser independiente a pesar de ser pequeño el viaje habrá valido la pena.
Porque el turismo acaba por construir un mecano universal, lleno de paréntesis históricos, donde gaiteros de plástico tocan frente a una montaña mientras conductores de gala pasan inadvertidos. El turismo es la peregrinación laica de la mitología moderna.
Y al volver solamente recuerdas que en el norte amanece tan pronto que necesariamente tienen que soñar menos.

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