Fa vint anys que no tinc vint anys


Probablemente porque nunca los tuviste. Te hiciste mayor cuando eras joven y después quisiste ser joven cuando ya eras mayor. Recordando que el día que murió Carles nació Carles. Tiraste el reloj de arena al mar. Y de todo el parque de atracciones de la vida te subiste una y otra vez a la montaña rusa. Decidiste que la vida es lo que uno se atreve a hacer mientras está vivo. Te escondiste en tu laberinto  interior para poder chocar contra tus paredes mentales. Quisiste ser alguien y te convertiste en ti mismo, escondido bajo la lápida de un director muerto, mirándote en la fotografía de un mago pero metido en la camisa de fuerza de Houdini.

Viajero incansable de rincones y escondites bajo la bandera del pirata de los sueños. Buscaste en cada alma tu propio espejo. El perfume de la ternura, el abrazo de unas piernas, las alas de un ángel blanco a lomos de un caballo negro. Te pegaste cabezazos contra las puertas de aquel psiquiátrico para cuerdos hasta que entendiste tu locura. Oyendo himnos de las hogueras de tus propias vanidades a golpe de graves. Buscando felicidad de laboratorio,  destruyendo tus propias ideas. Aprendiste a bailar la melodía de las mentiras con pequeños pasos verdaderos.

Para no ser religioso fuiste demasiado fervoroso, creyendo en religiones ateas, sin un Diós que las venere. Rebelde sin causa a la búsqueda de la causa perfecta. Creíste en muchas cosas antes de creer en ti mismo. Esperando recibir una herencia colectiva que te hizo descuidar tu patrimonio. Convertido en escalador de pequeñas colinas tuviste miedo de enfrentarte a las cimas de las montañas. Sin saber que nunca fueron gigantes sino molinos.

Jugaste una partida contra el tiempo con aquellas fichas blancas y rojas que te permitían matar veinte y contar solamente una. Y quisiste robar la manecilla de las horas al reloj de la iglesia más cercana para intentar matar las campanadas de medianoche. Cuando zarpaba el barco y te bebías de un trago el miedo. Olvidando recoger tantos zapatos que ya ningún cuento terminaba con perdices. Enamorándote de espejos cóncavos que reflejaban hadas,  princesas y alguna bruja malvada. Podando el árbol de la ingenuidad. Viajando a islas desiertas llenas de esperanza.

El problema de Peter Pan fue conocer a Wendy y a Campanilla al mismo tiempo. Hasta que un día el maniquí cambió el plástico por la piel. Y tuviste miedo de decepcionar a una idea. Oíste los latidos del niño de hielo y sentiste que podrías recoger flores en su vientre. La perdiste por miedo a perderla. Volviste a la caverna por si alguien te podría explicar que las sombras eran reales. Te quedaste dormido y al despertar seguías soñando. Sin poder moverte. Quieto. Mirando hacia el futuro con miedo del pasado. Besando bellas durmientes que nunca despertaban. Luchando con espadas sacadas de la roca de la justicia en un nuevo mundo surgido del terremoto de las ideas en el que los tiburones sonríen antes de devorarte.
Queriendo cambiar el mundo, el mundo acabó por cambiarte. Pero acabaste siendo más de lo que esperabas y menos de lo que soñaste. Mecido en los columpios de una cierta comodidad inesperada. A merced de las olas de la duda, chocando con los acantilados del deseo, a la deriva en un mar sin brújula. Interpretando una melodía que escribiste de niño con la letra de los silbidos del llanero solitario. Cantando al viento una canción que siempre fue para ella. 


Hoy cumples cuarenta y nunca pensaste que los niños de cuarenta tuvieran tu aspecto.
Felicidades Carlos. Felicidades Carles.

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