A mis niños de 40 años

Yo era uno de esos niños que se ponía delante de la tele a ver y escuchar a Miliki. Hace poco digitalicé la cinta que todavía conservaba para que otros niños pudieran disfrutarla. La misma cinta que sonó una y otra vez en un trayecto hasta Bilbao que mi tía Feli y mis padres recordaran para siempre porque me pasé cantando seis horas y se convierten en la anécdota de cada Navidad. Se acuerdan que les conté que justo al cruzar el ecuador de mi vida me fui de cooperante a  Ecuador. Ecuador me recordó muchísimo a mi Puerto de Sagunto de los setenta y ochenta. Quizá por eso estaba tan cómodo. Porque hice un viaje a mi infancia. El último día en el mirador de Quito había un parque de atracciones y sonaba la vieja cinta de los payasos. Era la misma porque me la sé de memoria. Los mismos aplausos y comentarios. Era la misma.

No hace tanto que Miliki nos dedicó un disco con nuestras canciones de la infancia. Dicen que la personalidad se forma durante los cinco primeros años de vida así que de alguna manera que desconozco porque era muy pequeño Miliki formó parte de mi personalidad. Seguramente de la de todos sus niños de 40 años.

En mi caso puede ser porque a veces me siento como un barquito de cascara de nuez navegando a la deriva. Hace años que mi barba tiene más de tres pelos y alguna cana. Y hace años que las niñas si no juegan es porque tienen que estudiar o trabajar.
Hace años que el mundo me parece un circo de tres pistas. Una en la que vivo yo y otras dos en las que viven otros niños que forman parte de mi circo pero no lo miran igual. En mi pista los trapecistas se arriesgan sin red por dar un buen espectáculo y los payasos sonríen a la vida por convicción, los magos hacen trucos de utopía y los domadores son ecologistas.
Miliki era el payaso menos payaso. El payaso formal que ponía algo de orden en el caos. En el mundo absurdo de la Gallina Turuleka que nunca nadie supo que se llamaba así hasta que nos hicimos mayores y tampoco nunca nadie supo por qué ponía tantos huevos ni para quién cuando se acabó la gallina de los huevos de oro.
Miliki es un bocadillo de Nocilla que nunca comí porque siempre fui un niño raro que dio sentido a un niño raro con más edad. En una época donde los niños éramos niños durante más tiempo, nuestra infancia era larga y nuestros veranos eran eternos.
Un amigo me dijo que su patria era su gente así que probablemente sea también milikista y mi patria sean esos niños de cuarenta años. Crecimos entre conversaciones de Don Pepito y Don José y por eso seguimos sin entender nada. Ni por qué pasó por su casa. Ni por qué no vio a su abuela. Estupefactos y con picor de nariz porque no sabemos cómo dejar un mundo mejor del que encontramos. Porque no hicimos caso de Miliki y nos importó viajar en autos feos, nos enamoramos de Susanita sabiendo que tenía un ratón.
Ay... mis niños de cuarenta años.... todavía podemos seguir en la búsqueda eterna de Marco, formar un ejército de Orzoweis, luchar como el Comando G, tener la convicción de Rui el pequeño Cid y viajar como Willy Fogg. Lo único que tengo que reprocharos es que cada vez que os preguntan que tal estáis... gritéis bien. Y cuando os lo vuelven a preguntar... lo digáis con más fuerza. Porque eso sí forma parte del pasado.
Lo escribí una vez y lo repito hoy. Nunca dejaré de ser un niño porque se lo prometí Miliki.
Que pasen un buen fin de semana...

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