50 sombras sin Grey

Desde la primera vez que la vi me pareció tan impresionante que deseaba recorrerla de principio a fin. De arriba a abajo. Completa. Sin dejarme ni un milimetro por sentir y oler. Se convirtió en un reto. Un desafio que me obsesionaba.  Quería someterla a mi poder hasta sentirla de rodillas frente a mi. La sensación de dominio que te otorga saber que has llegado a penetrar en su alma y has sacado cada secreto de su interio con el impetú de tu propia respiración intensa y acelerada, de tu corazón a punto de salirse del pecho.
Y llegó el día en que todo estaba previsto. Ella seguía allí. En el mismo sitio donde la encontré. Pasiva y segura de mi vuelta y de mis intenciones. Me había preparado toda la semana para hacerlo y llevaba en el coche todo lo que necesitaba. Sabía para qué utilizar cada instrumento y sabría que lo agradecería, que se sentiría mejor si así conseguía trepar por cada uno de sus rincones hasta llegar al final feliz que deseaba tanto como yo. Hasta escuchar el eco de mis propios susurros.
Viajé por todo su contorno, entré en las cuevas más húmedas y oscuras hasta descubrir su sabor, subí sus pequeñas colinas y la miré frente a frente, de tú a tú, sin perder su majestuosa presencia, en algunos lugares pálida y escasa y en otros frondosa y dulce.
Al verla de espaldas me pareció todavía más seductora. Recorrer un camino por el que tan poca gente ha transitado. Adentrarte por donde no se debe o por donde no está previsto para llegar al mismo espacio infinito donde un día no llegaron los demás. Estaba claro que tenía un lado oculto.. mucho más salvaje y complicado y yo necesitaba recorrerlo.
Pronto me encontré desesperado, a punto de tocar el cielo, gritando como un loco, lanzando gritos al viento esperando que nadie los escuchara.

Me gusta tanto la escalada. Tengo que volver a escalar esa montaña.

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