Historias de Nova Canet

Pocas cosas han vertebrado más a esta comarca que la fiesta. El ocio nocturno ha sido el principal elemento de convergencia de la juventud del Camp de Morvedre durante muchos años y varias generaciones. Ahora, la crisis y la actitud de una generación con más movilidad han difuminado su importancia pero hubo una época en la que Nova Canet fue la verdadera capital de la comarca. El único lugar que conseguía reunir a todo tipo de gente alrededor de la hoguera de la diversión.

Desde que el hombre descubrió el fuego se ha reunido socialmente para divertirse. Ese punto de reunión que permite compartir experiencias en una época donde vivir es toda una experiencia. Nova Canet fue esa hoguera de la diversión para varias generaciones de morvedrinos.

Canet alimentó a su playa de infraestructuras por primera vez con un enorme jardín que daba lugar a una nueva zona de expansión con chaletazos. Era Nova Canet. Su nombre ya indicaba sus pretensiones. Era un jardín tan nuevo que se convertía en el lugar de peregrinaje de las familias de los pueblos más cercanos en unos años donde la reconversión industrial se convertía en una losa sobre la comarca.

Era una época donde el ocio todavía se había concentrado en locales dentro de la ciudad. Una época en donde la conducción todavía era otra cosa y las medidas de seguridad casi un lujo. Beber y conducir era algo tan frecuente como fumar dentro de un bar. En moto se iba sin casco y sin miedo. Se vivía de una manera tan románticamente insegura que hacer dedo en Aprendices era una tradición con cierto encanto. Moverte para ir de fiesta si eso hacía que no molestaras se convirtió en lo natural.

Angela era una de aquellas adolescentes que volvía andando de Nova Canet: “la mayoría de las veces como unos se volvían antes y otros después, nos volvíamos por la orilla de la playa viendo amanecer. Y no puedo evitar recordar que volvía a veces con un amigo, Oscar, que ya no está entre nosotros”.

Pero los pioneros de Nova Canet fueron los adolescentes con apartamento en la playa de Canet. Pronto el jardín familiar se convertía en un centro de peregrinación a una discoteca llamada Studio 82 que ocupaba su centro a modo de estatua de la libertad. A sus faldas creció un conjunto de locales que configuraban una determinada manera de entender el ocio que condicionó el futuro y las inercias mentales de toda una comarca. Puerto Ocio nacería años después con un extraño perfume a Nova Canet, un olor más a imitación que al perfume real. 






Nacía Nova Canet en su plena esencia con Gloria, Carolco, Bianco, Bahía, Canotier, Cacao, Caribú, Caramelo.  Lo que al tiempo se llamó la “zona antigua” tuvo un esplendor en la hierba en los ochenta. Las tribus urbanas se reunión en torno al fuego del deseo y la batalla hormonal, sacudidos entre bailes y litronas en una época donde evadirse era un mecanismos de supervivencia tras una transición democrática que permitía la transgresión mucho más de lo que hizo la propia democracia. Jóvenes de toda la comarca componían himnos generacionales al ritmo del My Way de Nina Simone mientras se subían a unos tacones hundidos bajo unos vaqueros cuya etiqueta distinguía las clases sociales por su color. 


Fernando es ahora profesor de secundaria. “En los años ochenta el dueño del Canotier era de un amigo nuestro y nos dejaba pinchar. Podías subir a una tarima y pinchar la música que nos gustaba, U2, Pretenders, Los Smiths y todo ese tipo de música que nos encantó y ahora recordamos profundamente”.

Y así entre tupés y cadenas, entre la aparición de las primeras marcas y sus pijos, con el sonido de radiocasettes y cintas, a lomos de ciclomotores que ahora se llaman clásicos se construyó la identidad de los actuales médicos, profesores, concejales, fontaneros y adminitrativos. Contruían un refugio identitario bajo los porches que cubrían de la lluvía rodeando una plaza que nunca creyó serlo.

Pronto llegó aquella infernal mákina con un sonido de graves que marcaba el ritmo de otra generación. España crecía y buscaba ansiosamente los noventa dejando atrás las litronas en busca de cubalitros de cualquier cosa. Con los primeros controles de alcoholemia que competían con los primeros radiocassettes autoreverse y aquellos subwofers que te convertían en un señor de los sonidos. Valencia era el centro del universo nocturno y Nova Canet se contagiaba de su entusiasmo.

Su estatua mutaba desde la libertad hacia el hedonismo. Cambiaba de cara y emergía Dicky Dicky. La heroína dejaba paso a la cocaína mientras el cannabis reinaba entre los clásicos. Salir a dar una vuelta era una verdad verdadera. Dar vueltas era lo más común en aquel Nova Canet efervescente. Y los jardines se convertían en un lugar de pecado donde se salía de un jardin y se entraba en el agujero negro de los comentarios. Entre semana buscaba la mirada en el pasillo de aquella chica con la que quizá te atreverías a hablar en Nova Canet tras beberte de un trago el miedo. Aparecían los podiums símbolo de esa voluntad de ascenso de la sociedad española que se permitía los primeros lujos de intentar destacar. Promesas de un futuro prometedor que mintió solamente a medias. Embutidos en aquellos plumiferos, sumergidos en pantalones enormes de aquellas primeras marcas que convertían en fashion victim a un país sin elegancia. Las chicas se disfrazaban de piratas o de ciclistas escondidas tras un maquillaje aprendido en La Bola de Cristal. Los chicos imaginaban los primeros metrosexuales marcando músculo tras una camiseta interior ceñida.
Ana es psicologa y ya fue en taxi a Nova Canet. "Nosotras empezamos tan jóvenes a ir a Nova Canet que no teníamos medio de locomoción así que íbamos en taxi. Teníamos que ir con las cabezas agachadadas porque nuestros padres no nos dejaban ir. Decían que Nova Canet era un antro de perdición donde todo el mundo iba nada más que a emborracharse.

A la estela del título de una canción Nova Canet maduraba con Escuela de Calor. La noche se partía en dos. La vida en pubs y el cementerio de las estrellas, el lugar donde se acababa.
Mientras tanto una primera expansión inmobiliaria entre 1985 y 1991 había traído más habitantes a la pequeña comarca del señor de aquellos anillos. Nova Canet cavaba su tumba con la pala del éxito.

Pronto la zona se subió al trampolin de la década prodigiosa. España vivía flotando entre sus posibilidades con el motor del crédito barato. Y se unió la “zona nueva” cuyo nacimiento dejó una fractura entre la zona antigua para los “mayores” y la nueva para los más jovencitos. El lugar común se partía en dos. El corazón de Nova Canet se partía entre dos pasiones con la aparición del SAM y el Seven. Aparecían las faldas muy cortas y las lenguas muy largas y los cubalitros se jubilaron para dejar paso a los chupitos y a los cubatas. Zonas de transición y zonas de tránsito que atraían gente de todas partes. Nova Canet lanzaba un SOS para salvar aquel Garden.

Ana años después acudía también a la zona nueva “íbamos al Pireo que tomarnos un “tócame los huevos” que era una bebida que sabía como a lavavajillas, después a Escuela de Calor a la parte de pachanga a acabar cuando sonaba la Tómbola”.

Canet descubrió la gallina de los huevos dorados pero sin oro. Nova Canet no resultaba útil para un centro turístico que buscaba más “calidad”. El ruido molestaba y la ruta del Bakalao convertía cualquier noche en un centro de perdición.


Nova Canet moría y dejaba en su pirámide funeraria un montón de primeros besos, la humedad de cada viaje entre los huertos, muchas mentiras escondidas a los padres, historias de amor que ahora son familias y noches de gloria de una época tan irrecuperable como cualquier otra, quizá alguna lágrima, un montón de deseos y un montón de historias en cada persona junto a un montón de personas con una historia.

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