La historia del duende impuntual

Cuando me enrolé como grumete en el barco de Ulyses nunca pensé que una simple tempestad acabaría en naufragio. Especialmente porque era un barco en miniatura metido en una botella a modo de mensaje al mundo sobre mi necesidad de desplegar las velas y dejarme llevar por el viento. Estuve a punto de ahogarme en un vaso vacío pero pude nadar hasta las playas de aquel reloj de arena. Cuando por fin pasé al otro lado de la parte estrecha me di cuenta de que volvía a estar en una isla desierta. La misma de la que partí hace ya tanto tiempo y que me llevó por el Mar de las Dudas siguiendo el canto de un loco que alardeaba de conocer a las sirenas. Volvía a la casilla de partida de un juego interminable a mitad de camino entre la cara sonriente de la luna y el amanecer del sol del norte.
Sólo y asolado temía adentrarme cada día en el bosque inanimado de los adjetivos superlativos en búsqueda del fruto de tu herencia. Y fue allí que pude mirar tras la cortina para poder encontrarte. Tímida y sonriente. Con la mirada que huye de un encuentro inevitable. Despierta como la bella durmiente antes de aprender a soñar. Leyendo cuentos feos recién salidos de la imprenta de los hombres grises. Los ladrones que roban granitos de arena de nuestro reloj de fantasía.
Saliste corriendo a esconderte en la Montaña de la Certeza y mecerte en las ramas del árbol del deseo. Me apresuré a preparar la escalada y saqué la escalera de caracol que conduce al mismo centro de mis sueños. Seguía a una estrella y siguiendo una estrella solamente se puede acabar en el cielo.

Pero necesitaba alguién que conociera el terreno de la ausencia. Alguién que supiera volar por el agua y nadar por la tierra. Alguien que manejara el fuego con la destreza de una vela. Necesitaba un duende.

Mandé mensajes de luz al infinito y la estrella polar me asigno un pequeño duende. Pero siempre era impuntual. Unas veces llegaba demasiado pronto y otras demasiado tarde. A veces incluía en el presente momentos del futuro y otras veces llevaba al pasado momentos del presente. Era un auténtico desastre de duende que en lugar de cambiar las cosas de sitio cambiaba los momentos de lugar.

Le insistí en que me guiara hasta la cima de la Montaña de la Certeza y él insistió en obligarme a recomponer un rompecabezas temporal antes de empezar a dar un paso. Era un rompecabezas donde las piezas debían encajar en los momentos adecuados. Cada día que pasaba el horizonte era más claro pero las piezas más complejas. El primer día encontré unas llaves. El segundo una libreta de viajes. El tercero un marco de fotos. El cuarto unos patucos. Estuve semanas intentando resolver el enigma y justo antes de acabar esa semana todas las piezas encajaron.

La única manera de reconstruir el rompecabezas era no subir a la montaña sino volver a enfrentarme al mar. Solo que esta vez; Mar se escribía con h.


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