Amanda


Érase una vez una niña imaginaria que se llamaba Amanda. Tenía un amigo visible que se llamaba Sebastian. Amanda y Sebastian jugaban casi todos los días. Lo que más les gustaba hacer era jugar a cambiar cuentos y ponerlos del revés. Un día que estaba lloviendo jugaron a la Gata con botas donde el trabajo y el talento de la gata convertían al heredero en un hombre rico. Otro día que se aburrían jugaban a la Bella Despierta donde el príncipe Sebastian hacía dormir a la Bella para que pudiera soñar tranquila. El espejito por fin le dijo a la reina que era la más bella y así dejó en paz a Blancanieves. Al día siguiente los dos consiguieron entrar en la cueva de los Cuarenta Ladrones y robaron las riquezas para repartirlas entre los pobres.
Cuando Amanda iba en el coche con sus padres jugaba a darse un beso con Sebastian en cada semáforo en rojo. Los padres la miraban por el espejo retrovisor y se preocupaban. Al llegar a casa se sentaron con ella y le dijeron que una niña imaginaria con esa edad ya no debería tener amigos visibles.

Los padres de Sebastian estaban ya muy preocupados y decidieron llevarlo al psicólogo. Hacía tiempo que el niño tenía una amiga imaginaria llamada Amanda. Y le daba besos en cada semáforo en rojo.


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