Economia del Sentido Común

Entre la izquierda pro_positiva se ha puesto de moda una propuesta llamada la Economía del Bien Común. Se trata de una teoría acompañada de una metodología de transformación del capitalismo de casino o financiero hacia una economía con mayor intervención colectiva/estatal.
La propuesta se ha convertido en una estrella del marketing ideológico actual a pesar de que, bajo mi punto de vista, es una ensalada de ingredientes diversos ya experimentados con más o menos éxito como son el consumo responsable, la compra ética, el comercio justo, el desarrollo sostenible, la Reputación Social Corporativa y las ISO de calidad.
Parece una propuesta interesante si además de una metodología se le aplica una agenda. Los problemas de agendización -cuándo se consigue cada cosa- son clásicos en la izquierda que siempre parece desear un vuelco implacable que nunca se produce fruto de su optimismo pato_ilógico existencial. Eso de quererlo todo ahora ha sido un error histórico e histérico.

Pero mi obsesión ha sido y sigue siendo qué puedo hacer yo hoy para conseguir eso mañana. Así que modestamente lanzo mi propuesta de Economia del Sentido Común que es también un refrito de cosas que hace tiempo que se deberían hacer porque son demandas por amplios segmentos cualificados de la sociedad civil y que incluye cambios en el Plan General Contable que necesita con urgencia la cuantificación de elementos cualitativos relevantes en las empresas como su capacidad creativa o sus dividendos sociales, el retorno de los aranceles en base a la distancia recorrida por el producto desde su lugar de origen al de consumo y no por paso de frontera, subidas progresivas de la fiscalidad de la gasolina para hacer rentable la reducción de consumo y la opción por el uso del transporte colectivo, la autonomía energética y la cooperación ambiental, la creación de un etiquetado transparente donde pueda saber qué camino ha llevado ese producto hasta llegar a mis manos, la inclusión de criterios de compra ética en todas las administraciones y la subvención a los particulares y no a las eléctricas de toda medida de autonomía energética o también una certificación de calidad en el trato a los trabajadores consultable mediante un color o una letra tal cual se hace con los electrodomésticos.
Esto se podría hacer mañana si se quisiera. No cuesta dinero al Estado. No incrementa el déficit y favorece a las empresas locales más capaces de adaptar su etiquetado a su mercado natural y con mejores estándares que las empresas de la mayoría del resto del países.

¿Por qué no lo hacen? Porque usted vota pero las corporaciones mandan.

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