El pueblo que nunca se rindió

En el año 1982 el Naranjito colmaba de alegría las expectativas de un país que quería hacerse mayor con su recién estrenada chaqueta democrática. El PSOE vencía con una abrumadora mayoría absoluta las elecciones generales y se disponía a intentar meter a España en la modernidad bajo aquel eslogan de "Por el cambio". Los jóvenes de la comarca uniformaban las calles con camisetas rojas salidas casi del miedo por un golpe de estado fallido y unas carpetas verdes que les habían dado en la Caja del pueblo.


España siempre tuvo peajes para su futuro. El camino de la modernidad tendría que pasar por el aro de la OTAN años después pero de momento la europeización de la vieja España pasaba por la entrada en el aquel entonces Mercado Común. El germen de aquel mercado común siempre fue el carbón y el acero. Y aquel peaje del camino lo tenía que pagar alguien.

La autonomía valenciana perdía su virginidad, entrenada a sobrellevar luchas de galgos y podencos, el master de los colores en las banderas y los periódicos que actuaban de académicos de una lengua sin nombre y sin patria. Un joven Lerma que nunca supo encontrar su sitio entre el mineral de las manos de los saguntinos de la época que hoy reniegan de serlo.

La sidergúrgica en el Mediterraneo se quedó huerfana de padre y madre. Su peculiar  ubicación y su desencaje en su entorno económico más cercano y más acostumbrado a la naranja que al acero respiraba cierta incomprensión.

El otro lado de la balanza estaba en Euskadi, una nación fuerte con un problema de encaje constitucional, un entorno que abrazaba a la siderúrgica como enseña propia y una fuerza política con energía de sobra para plantar cara a un gobierno central que hacía funambulismo reformista. También Asturias que sin la fuerza política de Euskadi tenía también largos tentáculos en Madrid.

En Febrero de 1983 del presidente de Altos Hornos del Mediterraneo, Jose María de Lucía mandaba cerrar el humo de las chimeneas. La Fábrica no era eficiente. La eficiencia siempre fue la mejor coartada para la tristeza. El Ministro de Industria, Carlos Solchaga, respaldaba la decisión. El Gobierno Socialista tenía claro que no había suficiente demanda propia para absorber la oferta de acero español. Había que cerrar los Altos Hornos de Sagunto.

La soledad de aquel Comité de Empresa que viajó a la sede del INI y se manifestó en solitario, en una inmensa plaza, recogidos y abrazados, pancarta y megáfono en mano fue la semilla de uno de los árboles más bonitos que nunca creció en este pueblo.

Pronto el resto de trabajadores se enfundó tras los Acuerdos del 81. En poco tiempo todo el mundo dominaba el Informe Kawasaki como si lo hubiera escrito él. Se atrincheraron tras su valentía y plantaron cara. Plantaron cara a la Muerte de un Pueblo.

Cuatro mil empleados en su mayoría hombres en una época en que las mujeres todavía no habían accedido masivamente al mercado laboral eran muchas familias. Y ellas fueron las siguientes en subirse al vagón de mineral que siguió escribiendo aquella historia. Fueron ellas las que se levantaron en armas mientras sus maridos continuaban dentro de aquella Fábrica haciéndola subsistir.

Y en pocos meses fueron sus hijos e hijas, en los colegios y en los Institutos los que se unieron a la lucha. En Julio una manifestación de niños salía del Puerto a cortar la carretera 340 a la altura de Sagunto y volvía al Fornàs donde sus padres les esperaban en asamblea y se levantaban en pie aplaudiendo para recibirles.

Aquel pueblo se subió en autobuses para ir adonde hiciera falta, se encerró en sus casas durante horas visualizando aquella dolorosa muerte que querían evitar. Aquel pueblo hizo 14 huelgas generales en un año montando una barricada de compromiso y esperanza. Aquel pueblo fue capaz de recoger más de medio millón de firmas para evitar un cierre de una empresa. Defendió con argumentos y con rebeldía lo que pensaba que era justo y necesario, sensato y futuro. Aquel pueblo buscó la complicidad de quién quisiera escuchar una lucha obrera de las de siempre con soldados rasos sindicales que lideraban desde el megáfono. Pancartas hechas con sábanas de casa, consignas de los ochenta y un único souvenir de cada viaje, las pelotas de goma de la policia. Huelgas de hambre de futuro, encierros en un Ayuntamiento dimitido en pleno pero no plenamente dimitido.

Y en ese enjambre un periodismo que todavía creía en las gestas y cuyo trofeo más preciado todavía era una objetividad inconclusa mecía en debates continuos y abrazos escritos a un pueblo que no se rendía.

El fuego de los neumáticos se encendía con la llama del corazón de los trabajadores. La Fábrica se tenía en pie con su ilusión. Y la lucha continuaba con su insumisión colectiva ante las constantes órdenes del mayor de los tiranos, el mercado y su competitividad. La Cuarta Planta era el escudo protector de la vieja factoria pero parecía invisible.

Miles de David no consiguieron vencer al Goliath conceptual que constituía la amalgama de factores que convertían a aquel pueblo en un grito contra una almohada política que prefería acallar aquellas voces.

Años después alguien paseaba por el Horno Alto y pensó si todo aquello valió la pena. Pensó si valió la pena una lucha ejemplar, quizá de las últimas luchas de brazos cogidos y mirada directa, donde toda la familia tenía algo que decir. Pensó si vale la pena luchar después de saber que perdiste.

Las luchas por la supervivencia son intensas, duras, porque la vida deja marcas y arañazos. Y así nos hicimos las heridas que hoy observamos como cicatrices.

Quizá no ganamos la guerra pero vencimos muchas batallas.
Quizá no conseguimos la victoria pero conseguimos escoger nuestra derrota.

Pero oiga usted, venga de donde venga, nosotros seguimos siendo un pueblo que quizá perdió pero nunca se rindió.



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