"La vida es fútbol" Calderón el del Betis.

Creo que tampoco hemos hablado ustedes y yo de fútbol  Tanto tiempo de relación furtiva sin conocernos y no les he confesado mis pasiones.
En el Secreto de tus ojos  uno de los diálogos dice que un tipo puede cambiar de todo... de todo menos de pasión. Nunca puede cambiar su equipo de fútbol.

Yo soy del Valencia. Y no de cualquier Valencia. Soy del Valencia de Arturo Tuzón. Aquel presidente de los años ochenta que cogió al equipo en segunda división y lo ascendió a base de una austeridad inteligente (que la hay). Alguien me dijo al oido el otro día que a la izquierda le roban los conceptos. El de austeridad nos lo han reventado para siempre. Siendo "siempre" el largo plazo de Keynes.

Soy del Valencia. De aquel Valencia. De un Valencia consciente de sus límites y sus potencialidades, realistamente ambicioso. Nunca quise tener el mejor estadio del mundo. Y acudí a cada ampliación de capital con la esperanza de que el Valencia nunca fuera de nadie que no fuera un yo colectivo.

Poca gente sabe que tengo el título de entrenador de fútbol aunque si saludo a alguien por la calle lo más probable es que nos conozcamos por haber compartido un campo de juego o incluso un vestuario. En un campo de fútbol pasé los mejores momentos de mi vida y tuve mi primer flechazo. Me enamoré de aquella luz que tocaba el cielo. Un foco que iluminaba las estrellas. Esa fue mi sensación la primera vez que entré a Mestalla.

El fútbol fue lo único que me ayudó durante muchos años a saltar los límites de mis manías alimentarias y mis timideces de adolescente. Dentro de un campo de futbol era yo mismo. Ni tímido ni recatado. Era yo.

Y allí aprendí que la vida es fútbol. O eso me ha parecido siempre.

No sé si a Pau le gustará el fútbol, el baloncesto o la natación o el atletismo. Sé que hará algo porque controlo muy bien su cuerpo para lo pequeño que es. Pero si se decide por el fútbol quizá aprenda algunas cosas buenas y otras malas.

Aprenderá que hay que entrenar mucho y continuamente para jugar bien. Y que hay que sacrificarse por el éxito. Aprenderá que debes cumplir tu misión particular y ayudar que los demás cumplan la suya por el bien del equipo. Que nadie sustituye a un equipo completo. Que hay quién tiene una mirada diferente, el entrenador, que se ocupa de cosas colectivas y usa una visión panorámica desde donde ve más cosas que tú. Que la mejor disciplina es creer en lo que se hace. Que la austeridad defensiva nunca nos hará ganar un partido sino solamente perder o como mucho empatar. Y que el fútbol es un deporte que inventó Inglaterra para que siempre ganara Alemania.

Yo era un mal central. Lento y espigado. Pero dentro de un campo llegué a leer ese deporte, sus reglas no escritas, sus automatismos y su magía.

Mis entrenadores marcaron mi vida tanto como mis maestros. Recuerdo especialmente a Fernando Navarro -fallecido en accidente laboral- que señaló mi mayor defecto, la pereza. La pereza que limitaba mi ambición. Y tenía razón Fernando pero es que mi cuerpo nunca ha acompañado las órdenes de mi mente.

Después me dijo una frase que todavía resuena en mi cabeza. Jugábamos un sábado por la tarde. El Valencia también jugaba un rato después. Yo tenía el pase para ir nada más acabar nuestro partido. Pero Fernando me obligó a volver en el autobús con el resto del equipo porque no nos habíamos esforzado como él quería, sentía y sabía que podíamos hacerlo.

En el autobús yo estaba enfadado. Él también. Se sentó conmigo y me dijo: Carlos, el fútbol... se juega o se mira.

Como la vida Fernando, como la vida... ni más ni menos.



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