Que nos pille pie

Confieso que llevo un tiempo pensando si seguir o no haciendo radioblogs. Por momentos tengo la sensación de repetirme y tengo que hacer un esfuerzo mental para no hacerlo porque la realidad es tan intensamente provocadora que se te come las ganas de hablar de lo que a uno le gustaría. Hoy podría hablar de si los votantes del PP dejan o no dejan de comer para pagar sus hipotecas o si las donaciones empresariales pueden o no pueden ser a título particular. En fin, supongo que a veces tengo ganas de tener vacaciones de mi mismo. Momentos en los que me resulto insoportable.

Puede que haya tenido algo que ver la muerte de Jose Luis Sampedro y también la conferencia de Iñaki Gabilondo de ayer en el salón de actos de mi cole. Ambas sensaciones son la misma sensación; la insignificancia. ¿Qué les puedo contar yo que no hayan dicho con más acierto y más convicción alguno de los dos y poca gente les haya hecho caso? Yo solamente soy un chaval que le gusta escribir. Y ahora ya ni siquiera soy un chaval.

Sin embargo, ambas sensaciones son también la misma sensación. El mensaje de ambos es el mismo, luchar y resistir más allá de la existencia de un concepto de victoria momentánea o de derrota eterna. Vivimos una época en que se acaba algo y empieza algo. Algo que nos supera individualmente y qué no sabemos lo que será. Solamente sabemos que será lo que nosotros queramos que sea.

Podría decirles que me gustaría ser Gabilondo -espectador privilegiado de la realidad- pero no es verdad porque dejaría de ser yo y eso tiene demasiados inconvenientes para mi futuro. Yo soy un insignificante pero comparto la lucha histórica del humanismo y la resistencia del pensamiento crítico.

No les engañaré. Empecé a escribir por mi, por una extraña necesidad de interactuar con el mundo, una terapia imprescindible de quién no acaba de entender casi nada de lo que sucede a su alrededor. Y desde el primer día supe que comprometerse es meterse en un compromiso. Eso tiene costes. Hay gente que no me conoce más que por los artículos y que me viste con ropas de ideas o siglas que yo nunca he comprado. Me asocia con sus antítesis o sus tesis.

Ayer despejé mis dudas. Gabilondo estuvo directo, elegante, descarnado pero tierno, tan honesto como aquel que aspira a representarse a uno mismo, comprometido y metido en un compromiso.
La gente se acercó ayer buscando respuestas porque solamente somos capaces de elaborar preguntas. Ayer mucha gente se acercaba buscando un gurú de la receta mágica. La derecha sociológica espera la quietud y la izquierda sociológica espera una revolución. La nada o un proceso vertiginoso.
Pero Sampedro y Gabilondo coinciden en que la realidad es algo que se nos escapa y sin embargo algo que tenemos muy cerca.

Trabajar desde la insignificancia, luchar, resistir, defender la obviedad, insistir, insistir, insistir, pensar, seguir pensando, compartir el pensamiento y el conocimiento, recuperar el futuro.

Pero sobre todo, compartir una ilusión, una esperanza, de que la suma de las insignificancias suponga una importancia. El pasado está lleno de futuros que no pudieron ser. Cada uno desde su supervivencia, desde su pequeña parcelita de mundo, desde su pasión.

Creo que ese es el secreto para seguir haciendo un mundo mejor, perseguir nuestra pasión, estudiar lo que nos apasiona, trabajar en lo que nos apasiona, dedicar el ocio a lo que nos apasiona. Unos esperan una revolución otros simplemente esperan. Pero esto no pasará, tenemos que hacer que nos pase. Pero pase lo que pase... que nos pille de pie. Ni tumbados, ni sentados ni arrodillados. Que nos pille de pie.


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