Jordania Día 3

Visitamos Petra. Lo único que sé de Petra es que sale en Indiana Jones y que es una ciudad esculpida en la roca. Entramos y confirmo lo segundo. El guía nos explica las diferentes esculturas sobre la piedra. Son una especie de altares para dioses diversos. Los dioses se creaban según la economía iba evolucionando. Más o menos como ahora.
Este viaje empieza a ser un tumulto de sensaciones. El calor es asfixiante. Y entramos en un desfiladero. El sonido de los cascos de los caballos suena en estéreo  El desfiladero es tipo Ikea. Un camino único de entrada o de salida. Como el pensamiento único actual. Rodeado de montañas infranqueables con sus vigilantes invisibles.
El guía nos cuenta las hazañas de los primeros intermediarios. En esta época una civilización basada en el comercio es una civilización admirada. Los sacerdotes fueron los primeros intermediarios del marketing religioso. Fueron excelentes publicistas. Vendían algo que cualquiera podía coger. Afirmaban que existía un dios omnisciente y omnipresente pero monopolizaban su comunicación. Algo así como te vigila pero soy el único que habla con él. Curioso. Fueron los primeros corruptos que aceptaron regalos para hablar con el jefe, los primeros traficantes de influencia que conseguían eternidades y vanidades de un dios que no existía.
Las religiones son los primeros sistemas penales. La fuerza la ejercía el hombre en nombre de dios. El juicio también. Dios era una coartada y una excusa para regir la vida de los hombres.
Petra sabemos que es Petra gracias a un dibujante: David Roberts. Todo requiere un buen vendedor. Hay yacimientos cercanos igual de ricos pero nadie va. Todo país turístico requiere  una buena película. Lo que sale en la tele es más verdad que lo que permanece oculto. Visitar lo que alguién ya ha visto y dice que es bonito es más fácil que explorar.
El tal Roberts fue un contador de historias dibujadas pero historias. Alguién que necesita contar cosas como yo.
Comemos en un resturante de mil estrellas por la noche. Son las cosas de los ricos. Creo que parte de este viaje consiste en desvelar lo que podríamos conseguir con demasiada suerte y el mismo trabajo.
Después de comer subimos al monasterio. Son 900 escalones. Siempre el intento de llegar más alto supone estar más cerca de Dios. Ese dios da la sensación de ser el hombre del tiempo en una época donde la lluvia o el sol marcaban el presente.
La vista es espléndida. No encuentro las fronteras que vi en los mapas. Tan artificiales como que una parte parece sacada de un estornudo al tirar las lineas.
El descenso nos enfrenta a la reflexión sobre quién vive atrapado entre estos muros. Los hijos de los burros que suben y bajan, los hijos de los beduinos que suben y bajan.
Cenamos en un lugar especial, de esos donde solamente acuden los ricos. Quizá ni así seria posible. Nos han cerrado uno de los altares de Petra para cenar. Nos apagan las luces del autobus y bajamos a ciegas. Entonces se enciende un foco a lo alto de una roca. Suena una flauta. Llegamos a la mesas. Cenamos al aire libre. Nos recibe un espectáculo de luces sobre la portada de una especie de altar o nicho de cementerio de alguien que fue rico y venerado. Nadie cae que la escenografia ha situado el símbolo de la marca de coches en el lugar presidencial del altar. Veneramos a nuevos dioses. Veneramos en todo caso.
Comparto días con comerciales. El comercial tiene ADN propio. Al menos lo tenía, ahora intentan también robotizarlos como a mis compañeros en banca. Constituyen protocolos para todo. Comerciales teledirigidos. Les intentan robar la espontaneidad pero no podrán. Son gente especial.
Hablamos de parejas, solteros y amigos. El cansancio parece querer tamizar lo auténtico, separar lo superfluo de esta noche. El viento levanta la arena y deja lo que más pesa. Hace algo de frío pero la hoguera de la conversación nos mantiene de buen humor.
Hoy somos turistas, fuimos viajeros, quizá un día lleguemos a visitantes.
Hoy he hecho la mejor foto del viaje. Era una niña. La niña más bonita que recuerdo. Se movía como una gata entre la gente. No decía nada pero se dejaba acariciar el pelo. Le hice dos fotos furtivas sin saber que una vez vista la cámara se quedaría fija como una modelo. Me ha regalado la sonrisa más tímida y la mirada más bonita. De esos momentos que valen la pena. La cogería y la metería en la maleta. Le daría una vida en España, que fuera lo que quisiera ser. Pero supongo que ella querría ser lo que es y estar donde está.

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