Una sonrisa reflejada en una pantalla

Me sigo resistiendo a hablar de banqueros en prisión o incluso pactos de estado. No porque no sean importantes sino porque mi rincón últimamente es una caja de galletas donde solamente guardo cosas bonitas. A veces parecen insignificantes pero tocarlas y mirarlas me hace feliz. Y compartir la felicidad me parece una de las enfermedades contagiosas más bonitas que existen. Si les parece seguimos hablando de pasiones.

Al acabar mis estudios de Derecho mi padre me regaló un ordenador. Era un 486 previo a la salida de los Pentium. En aquella época el ordenador era algo muy poco extendido e Internet directamente era algo que se podía usar básicamente en las aulas de la Facultad de Informática y poco más. Estamos hablando del año 95. Pensamos que era un regalo práctico que era imprescindible para el próximo camino laboral que me esperaba.
Me acerqué a aquel trasto con ciertas reservas. No entendía nada. Incluso vino un amigo de mi padre a explicarme como funcionaba. Me acerqué a aquel trasto sin saber que iba a cambiar mi vida.
La aparición de aquel ordenador causó un cambio brutal en mi horizonte de posibilidades. De pronto podía hacer todo lo que siempre había querido hacer. Y a pesar de que yo había estudiado Derecho ni se me ocurrió ver las utilidades para ese tema. Desató mi creatividad y empecé a escribir y maquetar revistas que después repartía ingenuamente con contenidos parecidos a las cosas que he acabado haciendo veinte años después. Podía hacer vídeo, podía hacer fotos. De repente tenía sentido que un mal dibujante como yo pudiera diseñar un logotipo por encargo. Me pasaba horas haciendo y deshaciendo revistas, aprendiendo a maquetar, jugando con mi nuevo juguete como el niño que le regalan un juego de arquitectura y decide alterar cada pieza hasta agotar todas las posibilidades de combinación.
Luego llegó Internet y toda la simplificación de posibilidades que ofrece para alimentar la creatividad, para acceder al conocimiento, para compartir inquietudes. Y las redes sociales que me permiten intercambiar opiniones y aprender de otras personas. Te permiten conocer gente nueva,  renovar viejas amistades y alimentar las actuales.  La escritura es el lenguaje de los tímidos y para mi la expresión escrita y desvelada era vencer mi batalla contra la timidez. Las redes sociales han cambiado el paradigma de la relación social para llevarla a mi terreno, escribir para encontrar las palabras más certeras. Y de ahí dí el salto a la naturalidad en la expresión. Aunque muchas veces me haya escondido tras una pantalla acabé por salir de ella.
La moraleja del cuento es que conozco muchas personas que tienen tecnofobia, que tienen una mala versión de la tecnología. No les gusta, se sienten absurdos. Para mi es una pasión, la palanca que levantó el peso que me oprimía, la losa que me dejaba sin atreverme. Incluso he estudiado una carrera completa sin ir a un aula. La que siempre deseé estudiar.
Sé que hay gente que cree que la tecnología nos depersonaliza y que el ordenador es cosa de seres asociales. Los primeros estudios dicen que el comportamiento en la red es exactamente el mismo que en la vida real. La gente social y divertida tiene más amigos y muros divertidos. La gente comprometida tiene muros comprometidos. Para aquellos que todavía piensan que la tecnología es neutra y apaga la vida que repasen un día en un vagón de tren la cantidad de historias de amor que pueden estar naciendo en una conversación de whatsapp, la cantidad de pensamiento que puede haber en ese correo que se está escribiendo y la cantidad de gente que se ha reunido muchos años después por un evento de Facebook. La cantidad de fotos de recién nacidos que se envian nada más nacer y la cantidad de felicitaciones que recibimos por nuestro cumpleaños gracias al chivato  más entrañable.
Yo cada vez que cojo el tren me fijo. Los emoticonos nacieron para llevar las sonrisas a la pantalla. pero yo cada vez veo más sonrisas que van de la pantalla a la cara. En la pantalla aparecen como dos puntos y un paréntesis. Y en la cara se perfilan con los ojos. Como una abejita y una flor. Que nunca sabes quién atrae a quién.

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