Selectividad

Esta semana 19.000 jóvenes han tenido que pasar por el suplicio de la selectividad. Lleva tanto tiempo instaurada que ha pasado a ser invisible. Recuerdo que algo así sucedía con la mili. El sufrimiento se heredaba. Tu propio padre, madre, abuelo... te decía que esperaba a la mili para que te hicieras un hombre. Hasta que alguien reparó que algunos sufrimientos son innecesarios.

Recuerdo mi selectividad como si fuera hoy. Recuerdo la rabia que acumulé y lo mal que lo pasé. Yo siempre he sacado buenas notas, de hecho acudí a selectividad con la mejor nota posible. Y tampoco tenía problemas por lo que quería estudiar. En Derecho no pedían más que un cinco. No tenía por qué preocuparme en teoría.

Sin embargo el primer día antes de llegar al examen, en el autobús de ida, vomité el desayuno. Manché a mi compañero. Emilio, lo siento de verdad. El segundo día, para evitar el espectáculo del autobús mi padre nos llevó en coche y vomité por la ventana justo al entrar a Valencia. El tercer día no vomité porque no tomé absolutamente nada en todo el día salvo agua.

Con esa edad descubrí lo que es la ansiedad. Fue mi primer contacto con ella. Lo pasé muy mal. Tan mal que no se lo deseo a nadie. Mis amigos se preocuparon al verme cuando acabé los exámenes. Había perdido peso y estaba como ausente. Quizá yo sea un dramas. Seguro que lo soy pero pidiendo permiso al duende impuntual y al conejo de Alicia en el País de las Maravillas les traslado lo que en aquel momento quiso decir aquel joven estudiante y no pudo.

La Selectividad es absurda, convierte a los centros de enseñanza en academias de preparación de algo. Todos los que nos hemos presentado sabemos que hay cosas que caen y cosas que no caena aunque pueda caer todo. Sabemos que hay trucos. Te juegas en tres días el esfuerzo de un montón de años. Mi trayectoria académica es impecable y aquel tercer día que no comí nada pude haberme desmayado, mareado y haber perdido todo.
La selectividad demuestra una increible falta de confianza en el sistema de enseñanza y especialmente en los profesores. No les vale las calificaciones que nos ponen los profesores que nos conocen, quieren una prueba de nivel que la envuelven de prueba de madurez. Yo era un inmaduro con dieciocho años y la cosa no cambió al aprobar la selectividad.
Los resultados demuestran que la abrumadora mayoría aprueba con lo que el resultado apenas redistribuye vocaciones en base a lo que los adultos hemos considerado que eran las prioridades y que los más prácticos llaman "acceso al mercado laboral".
De todos los argumentos progresistas que oí en aquella época el más cruel era el de igualarnos con los privados. La selectividad garantiza que los centros privados no regalan las notas a sus alumnos. Si eso era o es así que la hagan ellos. Que vayan al instituto público y se examinen y demuestren que no les han regalado las notas. A mi nadie me regaló ni una nota estudiando. Todas las gané yo.

Este año ha caído un texto contra la corrupción política. A mi me cayó uno del mundial del 90 y la violencia en el fútbol. La selectividad siempre fue un símbolo de una época. Ahora vivimos la época de lo cuantitativo, la clasificación y el resultadismo. Siguiendo con el símil, haced como Urdangarin... copiad malditos copiad. Hacedlo como un insumiso a la mili, hacedlo como un método de desobediencia pacífica.


copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com