El duende de la ventana

Érase una vez una hada que miraba por la ventana muy seria. Parecía que estaba buscando algo porque tenía la mirada un poco perdida y pensaba sobre lo que la luz del día proyectaba en su sombra mientras acariciaba el marco de una puerta que la conduciría al lugar que ella quisiera. Miraba y miraba por la ventana pero no parecía encontrar lo que ella quería. Miró tanto al horizonte que por un momento se quedó dormida. Entonces la ventana se abrió. Y entró un duende. Se coló por el único sitio que podía colarse. Se coló por sus sueños mientras ella miraba por la ventana. Desde entonces tenía una sensación extraña. Como si un duende hubiera entrado en su vida. A veces, tenía la sensación de leer el doble de rápido o de hacer dos cosas a la vez. Como si en su cabeza ahora hubiera más gente. Era capaz de leer y escribir al mismo tiempo o de estar mentalmente en varios sitios a la vez. El duende se había colado en su pensamiento.

Pero ella seguí buscándolo por casa. No lo encontraba y se tuvo que mirar en los espejos por si podía encontrar al duende. Miró en su pelo porque notaba que algo se había empezado a mover en su cabeza. Le picaba un poco, como si se removiera todo dentro. Pero no vio nada así que siguió buscando en los pies porque había empezado a notar que le temblaban las piernas y pensó que quizá el duende estuviera dentro de los pantalones o de las zapatillas. Al verse desde arriba tuvo algo de vértigo de ver lo lejos que estaba del suelo y recordó aquella época en que el mundo estaba hecho de bailarinas de colores. De pronto se giró y vio que en la toalla había aparecido algo nuevo. Era una lámpara mágica de los deseos traída directamente desde Oriente. Debió ser el duende. Los duendes hacen este tipo de trastadas. La lámpara era capaz de conceder deseos pero nuestra hada pensó que para pedir un deseo hay que estar muy seguro de lo que se desea porque uno podría llegar a conseguirlo. Además las instrucciones de la lámpara venían en árabe y tenía que ir traduciendo frase a frase. Una lámpara de deseos que solamente entiende árabe es una lámpara difícil de manejar. A veces las circunstancias no son perfectas, no son las que deberían de ser, pero los deseos siguen ahí. Uno no elige donde fabrican su lámpara de los deseos.

 Decidió que lo mejor era ir tan despacio como una tortuguita y protegida con un caparazón duro como una piedra porque por dentro era demasiado blandita y se podía hacer daño. El problema es que a veces los deseos rebotaban dentro del caparazón y nuestra hada pensaba que era su propio eco. O quizá la voz del duende que se le había metido dentro. Se sorprendió con un oso intruso que parecía querer robarles los abrazos que tanto tiempo había pasado esperando. Los osos son especialistas en colarse en los abrazos y convertirlos en propios. Los osos, como todo el mundo sabe, son unos intrusos.
La verdad es que mirara donde mirara el duende no aparecía. Así que pensó que quizá aquel día en la ventana solamente viera un reflejo. Quizá lo de la ventana nunca pasó. Quizá estuviera andando en un mar dentro de un desierto donde la arena quema demasiado para seguir teniendo los pies en el suelo y solamente se pudiera ir por el agua. Aunque bien pensado con los pies en el cielo la cabeza tiene más sangre para pensar. Quizá el mundo lo hayan pensado al revés y haya que darle la vuelta para que tenga sentido. Pero pensó que se estaba volviendo un poco loca y que las hadas siempre han tenido una varita mágica y no una lámpara de los deseos y que además las hadas se llevan relativamente mal con los duendes. Así que todo esto debía ser una locura sin sentido.

Otro día pensó que debería escribir lo que le estaba pasando. Peo tuvo que decidirse entre una agenda o una libreta de viajes. La agenda era un pero muy grande y la libreta de viajes era un pero pequeño así que fue tachando los días en el calendario intentando no salirse de los cinco renglones que tiene asignados cada día en la agenda. La libreta de viajes se quedó escondida y cerrada por una goma roja mientras la agenda siempre permanecía abierta recordándole lo importante del paso del tiempo y del día a día.
El duende hacía tiempo que no hacía ninguna travesura. Parecía que tenía mucho respeto por el tiempo de nuestra hada. Tanto respeto que apenas consiguió refugiarse en su memoria.
A veces la vida es como encontrar una flamenquita sin brazos en mitad del desierto. Otras es como una tienda de souvenirs donde lo típico se convierte en excéntrico según el día en el que vivas. Al atravesar un desierto uno siempre tiene la sensación de mirarse en un escaparate y ver un espejismo. La única manera de apagar la sed en el desierto es ver el vaso medio lleno. Sentarse y mirar a lo lejos lo que tenemos más cerca. Asomarse a una ventana mientras un Romeo escondido escribe algún verso diciendo a gritos que está justo a un susurro de distancia. La vida a veces es tan complicada como encontrar un Petit Suisse de plátano o tan fácil como encontrar un Danone con sabor a plátano. No es lo mismo pero no hay ninguna solución ideal. La vida es como un supermercado donde hay lo que hay y no siempre lo que nos gustaria que hubiera. La vida a veces es como una rosa. Puede ser bella y oler muy bien pero si te empeñas en acercarte demasiado también tiene espinas que te hacen daño. La vida, pensó nuestra hada, es como un regalo que al llegar te parece la única rosa del mundo y cuando te la dedican te parece la flor que cualquier abejita querría polinizar. Así que nuestra hada decidió que quizá aquel duende fue producto de un sueño. O eso pensó ella porque el duende seguía dentro de su cabecita. Y desde entonces nuestra hada sin saber por qué cada vez que ve una ventana abierta…. sonríe.

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