Gagnam Style. El nuevo himno de la paz.

A veces ocurren cosas aparentemente aparentes. El pasado lunes un grupo de soldados israelíes patrullaban por la ciudad cisjordana de Hebrón. Al oir que la música estaba muy alta entraron a una discoteca. Días después apareció un video en youtube en que bailaban junto - incluso a lomos- de jóvenes palestinos el Gagnam Style.
Mirado a simple vista podría resultar hasta gracioso. Los jóvenes son jóvenes incluso en los lugares de conflicto. Seguro que alguién dirá aquello de "lo cortés no quita lo valiente" o quizá alguien me recuerde la eterna película de Evasión o victoria donde un devoto futbolero militar de alto rango del ejército nazi organiza un partido de fútbol con los prisioneros del bando aliado. Fútbol es fútbol que dijo Boskov.
Pero si sacamos la lupa recordaremos que el servicio militar es obligatorio en Israel. Todos los jóvenes son obligados a someterse al terror de un periodo de sus vidas en que el ejército se encargará de crear una huella imborrable en sus mentes: la del odio y la del miedo. Todos los jóvenes pasan obligatoriamente en ese trance aunque nunca sintieran odio por ningún palestino, aunque nunca quisieran ocupar ningún territorio, aunque nunca quisieran que les despojaran de sus ropas y su cabello para uniformarlos y conseguir hacer decaer sus mentes en la apisonadora de la obediencia ciega.
Para los palestinos la defensa de su dignidad es el único servicio civil obligatorio que acaba por ser casi militar. Ya ni recuerdan cuando les empotraron Israel en su tierra. Y probablemente no recuerdan por qué tienen que odiar a quien odian. Siempre fue así. Aunque siempre nadie sepa lo que es.
El Gagnam Style es ese himno mundial necesario. Su letra critica la hipocresía y el snobismo de las clases más pijas de un barrio de Seúl. Pero la letra se diluye frente a la fórmula de marqueting de la parodia. En otra época fue la Macarena. Cualquier baile absurdo que recuerda a las canciones de las tribús indias de aquellas películas de vaqueros en las que todo parecía salvaje.
Seguramente aquellos soldados sin saberlo, embebidos en un baile estúpidamente mundial, estaban firmando la pipa de la paz. Mientras tanto líderes palestinos e isrealíes se reúnen en conversaciones de paz en Jericó. Lo que me recuerda que hace poco en mi viaje a Jordania el guía nos explicó que Jericó jamás tuvo murallas. Las murallas que nos separan suelen ser una invención mitificada de falsas glorias patrióticas. El baile del caballo lo demuestra.

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