¿Qué le estará pasando al probe Miguel?

¿Te acuerdas de aquel empleado que siempre te atendía cuando ibas al banco? Sí, ese de tu barrio o de tu pueblo con el que tenías una cierta confianza. El que llevaba varios años en la misma sucursal, el que llevaba a su hijo a entrenar con el tuyo o con tu sobrino. Sí, sí.. acuérdate el que era el tesorero de la peña o de la falla, o del centro excursionista. Era ese chico que no te pedía el carnet y a veces tampoco la firma para según qué cosas, el que se creía que tu abuela estaba viva para pasar el control de vivencia porque te había visto pasearla hace poco. 

¿Te acuerdas de él? Pues ya no está. 

Primero le pidieron que trabajara todas las tardes gratis porque el mundo había cambiado y la crisis azotaría a las entidades financieras. Le convencieron de que había que trabajar más por el mismo sueldo porque el futuro de la entidad estaba en juego. Miguel ya tenía una edad. No es que fuera mayor pero ya tenía a los chiquillos medio criados así que se esforzó en hacer lo que le pedían. 

Después se quedó perplejo cuando vio que la nueva estrategia comercial consistía en vender ollas, sartenes, batidoras, cafeteras y alguna moto en sentido estricto ya que no veía que su esfuerzo comercial se fuera a convertir en el ansiado maná que salvara a la entidad. 

Su Caja pasó a ser Banco por exigencia de Bruselas. Un lugar en el que lo mejor que sucedió fueron las coles. Y los nuevos requerimientos comerciales exigían una mayor dedicación pero también una mayor agresividad. Y Miguel se encontraba incómodo porque tenía que "colocar" productos a gente que eran sus vecinos y a veces amigos. Y algunos de esos productos tenía dudas o directamente sabía que no eran apropiados para ellos y ellas. Pero es que todas las semanas tenía una reunión donde le amenazaban con un ERE y el despido si no se cumplían todas las campañas. Él seguía viendo que las campañas eran un tapón en un boquete demasiado grande. Pero tenía miedo. 
Pronto se vio que Miguel se cansaba más que sus compañeros y compañeras más jóvenes. Y se comprobó también que lo pasaba mal al vender en su entorno. Así que que lo fueron cambiando de oficina. Pasó un tiempo en una, otro tiempo en otra. Miguel iba desorientándose cada vez más, tenía que vender y vender a gente que no conocía de nada. El director, un chico joven, le decía que no se preocupara y que era momento de hacer lo que hiciera falta para sobrevivir. 

Le convencieron de que la campaña de las preferentes era a vida o muerte y vendió muchas en la oficina, también a gente mayor, pero es que él se quedó unas cuantas y su familia otras tantas. Le dijeron que en esa campaña se jugaba el pan de sus hijos. 

Pronto Miguel ya no sabía a qué se dedicaba. Denegaba préstamos por doquier, pedía el dinero de los clientes de forma desesperada y daba tipos de interés inverosímiles. Él se daba cuenta pero todo el mundo lo hacía porque los jefes lo exigían. 

El rendimiento de Miguel estaba bajando. Ya no era rentable. Apenas conocía a los clientes. Tuvo que aprender partes del sistema informático que no utilizaba antes. Sus contactos que se había trabajado durante años estaban lejos, en su pueblo, y además se los habían llevado a diferentes departamentos. A veces le llamaban para quejarse. Él trataba de ser prudente y pedía paciencia. Que los tiempos estaban cambiando. 

Su único objetivo empezó a ser prejubilarse. Bueno, coger el dinero y correr y sobrevivir hasta la jubilación porque eso ya no eran prejubilaciones. Leía en los papeles de los sindicatos que había un ERE próximo. Y cuando llegó no se lo pensó dos veces. No quiso ni pensar que hace dos años hicieron otro y la gente se fue con mucho más dinero. No comparó nada. Solamente quería irse de una vez. 

Miguel ahora saluda por la calle a los viejos clientes. Bueno, a los que todavía le saludan porque no tienen preferentes. Tiene 55 años. Está pensando en colaborar con una cooperativa que convierte ahorro en crédito para economía social. Su formación católica casi le obliga a ejercer una penitencia por un pecado que le hicieron cometer. Quizá no sea demasiado mayor para construir una alternativa social que alguien destruyó. Quizá se dedique a crear una Caja de Ahorros. 

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