El free rider laboral

El viernes acudí a una cena de celebración de la jubilación de un compañero. Es un compañero especial porque siempre ha conseguido mantener un admirable equilibrio entre el compromiso con la empresa y el compromiso social. Así fue hasta el final, su discurso transmitió su autenticidad, fue un discurso genuinamente suyo que apuntó directamente a los males de la banca de hoy en día combinados con una ternura especial con la gente que le ha acompañado en este viaje.
Durante el discurso no pude evitar pensar en que hoy estamos sembrando los daños del mañana porque hemos abandonado -casi todos los sectores lo han hecho- nuestra función social y económica originaria para buscar una supervivencia voraz, una especie de depredación por encima de nuestras necesidades. También recordé aquel artículo de Qué pasa en banca a los 50? que estaba inspirado en él y pensé una vez más en la pregunta clave. Si se va toda una generación.. de quién aprenderemos la verdadera banca y no el sucedáneo que hacemos ahora.
Pero creo que el mejor homenaje a su trayectoria profesional que puedo hacer hoy es desarrollar una teoría que aprendí de él: la teoría del free rider. La primera vez que oí esa expresión se la escuché a él. Íbamos de visitas sindicales. Al llegar a casa la busqué en google. A mi me sonaba a Mad Max.

El free rider es un polizón laboral. Se aprovecha del esfuerzo y el compromiso de los demás. No paga cuotas sindicales o si las paga no lo hace convencido sino como el que paga un seguro de protección jurídica. No cree en lo colectivo porque solamente cree en sí mismo. No participa en huelgas ni movilizaciones pero nunca renuncia a lo que se consigue con ellas. Cree que todo lo que tiene son privilegios y que para mantenerlos (ya no cree en mejorarlos) hay que justificar con rendimientos extremos e individuales. Cree que sus condiciones laborales son el producto de la magnanimidad y generosidad de una empresa que quiere tener a sus empleados felices. Casi todo le parece bien mientras las cosas van bien y cuando las cosas van mal sigue callado. El free rider incluso se permite el lujo de cuestionar los pactos a los que se llega en la empresa porque individualmente se considera mucho más firme y rebelde aunque nunca haya hecho nada junto a nadie para demostrarlo.
El free rider es un parásito laboral que se alimenta de la sangre de los cuerpos colectivos, una sanguijuela que recoge beneficios sin asumir costes ni responsabilidades. Las empresas están llenas de ellos y la sociedad también.
Pero al paso que vamos pronto no quedará sangre colectiva para vampirizar y conseguirán que todos seamos free riders. Y entonces nos tendrán donde querían. Solos y con una pared detrás tras haber retrocedido todo lo que se podía retroceder. El lugar perfecto para un fusilamiento.

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