Dolce far niente

La conquista del ocio fue una conquista de los primeros burgueses capitalistas. Hoy todavía hay muchos países donde no existe el concepto ocio. Trabajan o descansan. Día tras día. No disponen de ese espacio de tiempo en el que intentamos convertirnos en personas más audaces y extendemos nuestros propios límites saliéndonos de nuestra zona de confort. Ninguno de esos conquistadores del ocio podía sospechar que su concepto acabaría por ser una teoría sociológica imperante en España. 

Llámenme tiquismiquis pero observando la realidad actual tengo la sensación de que la teoría del dolce far niente se convertido en una religión. Y su profeta en la tierra es Mariano Rajoy. Ese hombre que tras perder dos elecciones consecutivas se presentó a unas terceras y ni siquiera las ganó. Las perdió Zapatero. Algunos admiran de este señor su infinita paciencia. Para mí confunden la paciencia con la indolencia, y la sabiduría con la apatía. España se está llenando de zombies ideológicos, una especie de Walking Dead político en el que el "nada hacer" es visto de manera positiva. Los psicólogos han acuñado el término resiliencia como la capacidad de adaptarse a las nuevas situaciones sobrevenidas. A nivel individual me parece un concepto muy saludable. A nivel colectivo me parece un riesgo enorme porque te aboca a una pasividad gozosa. Empuja la rebeldía hacia el perímetro de tu personalidad. 

Y la cosa no se ha quedado en la política. Cada vez en las relaciones laborales, de amistad incluso sentimentales se instala la teoría del "no te muevas". Cada vez más observo una pereza social. Parejas que no abordan sus problemas, amigos que gestionan el silencio, familias que saltan sus conflictos, grupos que se aíslan en la comodidad de la ceguera de un futuro. No hacer nada se ha convertido en el principal método de resolución de problemas. Las empresas se aferran a lo de siempre que es no hacer nada, los trabajadores nos aferramos a la invisibilidad para no salir despedidos que es lo mismo que no hacer nada. La cobardía viaje en primera clase disfrazada de prudencia y de paciencia. 

Parece que hayamos aprendido una especie de apología del inmovilismo. Ignoramos las preguntas esenciales para no encontrar las respuestas complicadas. Disociamos las realidades, rompemos las conexiones, nos convertimos en amnésicos selectivos. Cuando algo desagradable o complejo debe afrontarse la primera intención es no hacer nada pensando que nada pasará y nada tendrá consecuencias. 

Lo cierto es que ambas cosas tienes conexión. Aquella conquista del ocio, la conquista del dolce far niente como la posibilidad de vivir de manera ociosa, nos ha convertido en seres que tratan de conservar esa posibilidad hipotética a pesar de que nuestras vidas van en sentido contrario. Y para conservar una teoría nos hemos instalado en una práctica.  

Pero no hacer nada es hacer algo. Hay momentos en que no hacer nada es una complicidad. No hacer nada es ser parte del problema. No hacer nada es retroceder y no quedarse en el mismo sitio. Y eso vale para todo en la vida. A veces hay que hacer algo nuevo para que suceda algo nuevo y hay que dejar de hacer lo mismo para que deje de suceder lo mismo. 

El otro día mi sobrino de dos años tenía miedo del perro de mi prima que andaba por casa el día de Reyes. En un momento dado el perro se abalanzó sobre él para jugar. Él se quedó quieto y cerró los ojos. Supongo que pensó que no haciendo nada y cerrando los ojos el perro desaparecería. Al menos ya ha aprendido la teoría del dolce far niente. 

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