Sindicalistas


No creo que sea yo el único que se ha dado cuenta que la figura del sindicalista está perdiendo valor en nuestra sociedad. Podemos centrarnos en los ataques constantes y continuos externos de los sicarios comunicativos de las empresas cuyo fin es la extinción de cualquier contención a las empresas. Podemos mirar hacia fuera pero también deberíamos mirar hacia dentro.

He crecido en un pueblo donde los sindicalistas eran gente respetada y admirada. Y me niego a pensar que el arribismo sindical pueda destruir tantos años de honradez.

Casi todas las organizaciones están en crisis como colectivos. Los sindicatos también. La estructura sindical se pasa el día intentando ver como consiguen sobrevivir a este precipicio que está suponiendo la crisis económica, moral, financiera y política. Yo me atrevo a formular  una teoría sobre como hacerlo. La única manera de hacerlo es con sindicalistas. El sindicalista ya no puede estar diluido en una estructura férrea. El sindicalista ya no puede estar atado a una burocracia. El sindicalista debe recuperar su épica cotidiana.
En muchas ocasiones contemplo y veo actitudes de sindicalistas muy poco propias de una persona con convicciones de democracia, igualdad, justicia y libertad. No me gustan, no las comparto y procuro mantenerlas alejadas de mi.
Porque para mi el sindicalismo no es un lugar de refugio sino un lugar a la intemperie. Un lugar donde te llueven de todas partes. El sindicalismo no es un lugar donde ganar dinero pero tampoco un lugar donde perder dinero. El sindicalismo no es un espacio heroico pero tampoco un ascensor rápido. El sindicalismo no se acaba con ningún horario sino que se vive intensamente incluso cuando sueñas. Te lo llevas a casa y con él decoras tu vida. El sindicalismo es una convicción y una determinación y no una condición ni una protección.
Ser sindicalista es un grito al mundo y no un silencio cómplice. Ser sindicalista no es poner la otra mejilla pero tampoco tener la cara muy dura. Ser sindicalista no es vivir mejor que tus compañeros pero tampoco peor que ellos. El sindicalismo no es una profesión pero sí es una vocación. El sindicalismo hay que sentirlo y no sentarlo. Un sindicalista no es tu padre sino tu hermano en el trabajo. Te debería acompañar hombro con hombro donde tu vayas. Un sindicalista no necesita tanto dinero como ideas. Un sindicalista come sin irse de comida y viaja sentado en clase trabajadora.
Un sindicalista no es un mártir pero sí es un rebelde, no es un gruñón pero sí es crítico, no es un vago pero sí es incómodo, no es rígido pero sí es firme.

Las organizaciones cambian con el mundo pero seguirán estando compuestas de personas. Quizá se llamen de otra manera. Quizá dejen de llamarse sindicalistas pero serán ese tipo de personas que todavía piensa en lo que vive y vive lo que piensa. 

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