Cállate y graba


Uno de los debates más acalorados de la comunicación es la implicación del periodista con su entorno. La decisión de si debe formar parte de la realidad de la que informa. En el trasfondo está la pretensión de objetividad como si la realidad fuera un conjunto de microbios que poner bajo el microoscopio. Es evidente que le periodista forma parte de la realidad de la que informa. Otra cosa es que se deje llevar apasionadamente por ella. 
En 1963 Kevin Carter ganó el premio Pulitzer de fotografía por una fotografía en la que aparecía un niño en cuclillas y un buitre detrás abriendo las alas. La fotografía se tomó como una alegoría de la situación de África acechada por el capitalismo. La realidad es que el niño estaba cagando y el buitre esperaba su ración de comida. Sin embargo, a Carter se le recriminaba por ejemplo por qué no intervino para ayudar al niño. En el periodismo de guerra es una decisión dificil. Ayudar o retratar. 
Al final el aluvión de críticas, el terremoto de desgracias que había vivido como fotógrafo y otros grandes desordenes de la personalidad de Carter le llevaron al suicidio años después. 
Ya no hay desgracias de marca blanca. Ahora si quieres que tu desgracia sea visible necesitas que tenga marca. Necesitas un ERE mediático como el de Coca Cola o el de Canal 9 para que la gente te siga. Necesitas una desgracia viral para que la gente la entienda. Hasta ahí hemos llevado la cultura del ojo. 
Si los 15 inmigrantes muertos en Ceuta no hubieran tenido cámaras grabando la versión de la Guardia Civil seria la única. Sería la verdadera. Ahora sabemos que mienten. 
Por eso, la próxima vez que se cometa un abuso ante ti no protestes, no intervengas, cállate. Pero graba. 

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