Las alas del hada rota

Volar



Le gustaba mucho correr. Se apuntó a atletismo en el colegio. Lo hacía bien. Consiguió ganar algunas carreras y siguió en el club de atletismo del pueblo. Él también hacía atletismo. Tenía una resistencia y una fortaleza física innatas. Pero no le gustaba entrenar. Ganaba porque tenía que ganar. Era una bestia física pero con 16 años ya fumaba un paquete de tabaco al día. Y a veces antes de una carrera bebía hasta la madrugada. Y aún así ganaba. Es cierto que eran carreras de pueblos pequeños. Pero ganaba. Ganaba a pesar de sí mismo.
Sin embargo ella disfrutaba entrenando. Hacía todo lo que había que hacer. Calentar. Estirar. Cuando corría se sentía libre. Pletórica. Era de las pocas que subía el ritmo y seguía sonriendo. Corría siempre con una sonrisa en la boca. No ganaba pero ya era conocida por ser la atleta de la sonrisa. Eran tan guapa y tan dulce.
Empezaron a salir. En un pueblo pequeño no hay tantas opciones. Él era guapo. Ganaba siempre y eso hacía que muchas estuvieran interesadas en él. Así que cuando le propuso salir no dijo que no. Salieron. Varias veces. Ella se iba a dormir pronto. Él seguía un poco más la noche. Eran adolescentes. Tenían que empezar la universidad al acabar el verano.
Tuvo una falta. No le venía la regla. Un retraso. El mundo se cayó a sus pies. En un pueblo pequeño todavía es dificil de manejar una situación así. Hablaron las familias. Decidieron no casarse. Se fueron a vivir juntos a la capital mientras estudiaban. Él Economicas. Ella quería estudiar Psicología. En la capital todo parecía más fácil. Las dos familias les mandaban dinero suficiente para vivir. Nació una preciosa niña. El embarazo fue bien. Él dejó de salir y estaba muy pendiente de ella. Parecía haber asumido la situación.
Ella no se matriculó de ninguna aquel semestre. Se quedaba en casa a cuidar de la niña. Él siguió matriculado. Pero cada vez asistía menos a clase. No quería estar en casa. Se pasaba el día en el bar de la universidad y volvía a casa con olor a cerveza. Gritaba porque el bebé no le dejaba descansar. Gritaba. Gritaba mucho.
Pronto empezó a notar que le faltaba dinero. Le registró la cartera, el bolso y los bolsillos. Y encontró cocaina. Por eso llegaba siempre tan alterado a casa. Se había enganchado a la coca. Quería vivir dos vidas al mismo tiempo y para eso necesitaba algo que le impulsara más allá.
Discutían. Cada vez más. Discutían y él golpeaba las paredes, las puertas. Un día llegó a cogerla del cuello. Pero la niña empezó a llorar. Y todo se paró como en una fotografía desenfocada.
Ya no se querían. Pero ella tenía miedo. Miedo de todo. De vivir. De protestar. De salir. De todo.
Esa noche él no había vuelto a casa. Ella estuvo toda la noche en vela. No contestaba al móvil. Fue al lavabo a vomitar de los nervios. Allí había una caja de zapatos un poco más salida que las demás. La sacó. Eran sus zapatillas de correr. Se las puso. Cogió a su niña en brazos. Corrió. Y nunca más miró hacia atrás.

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