Los nietos de la vendimia


Suelo ser bastante duro conmigo mismo. Me conozco bastante bien y me digo cosas duras. Sé que soy un rebelde sin causa. Tengo problemas como todo el mundo pero son problemillas. Problemas de pijoflauta.
Por eso anido como el cuco en los problemas de los demás. La rebeldía en mi caso es una manera de agradecer lo bien que se porta conmigo la vida.
Uno de los nidos que más uso para defender las causas que defiendo es mi abuelo. Mi iaio Antonio. Me parezco físicamente a él. Andar encorbado. Problemas de estómago. Craneo chafado. Pelo endeble. Fue mi padrino. No he ido nunca a ver su lápida desde que murió. No me hace falta. Y sé que a él tampoco. Es el iaio con el que más tiempo compartí. El otro murió cuando yo tenía catorce años. Es el iaio que más historias me contó y el que más me convirtió en una persona de ideales altos. Fue el que hizo la mili por mi que acabé siendo objetor de conciencia.

Mi iaio Antonio nunca tuvo un trabajo fijo. Al llegar al Puerto desde Almería le dijeron que no era ex combatiente a pesar de haber estado tres años en la guerra en el bando perdedor. Mi abuelo fue a la guerra por pura obligación. Le tocó del bando republicano pero mi abuelo nunca tuvo bandos. Esas no eran sus guerras. Su guerra era sobrevivir. Y no entró en la Fábrica. Así que deambuló por muchos trabajos. Todos temporales. Lo que le procuró una pensión escasa. Muy escasa.

Durante toda su vida consiguió ahorrar un montoncito pequeño de dinero. Yo estaba buscando casa y no me atrevía a comprarme la que ahora es mi casa. Y él me dejó todo su dinero. Todo. Absolutamente todo. Para que yo pudiera comprarme mi casa. Se quedó sin el dinero de su vejez hasta que yo se lo devolviera porque confiaba ciegamente en mi.

Mientras encontraba trabajo aquí en el Puerto todos los Otoños -la estación en la que nací yo- se llevaba a toda la familia a vendimiar a Francia. Hay historias de todo tipo sobre el viaje en tren hasta Francia, donde dormían y como vivían allí, como los trataban. Allí trabajaban todos. Mi abuela era también una persona muy fuerte y decidida, valiente e impetuosa. Son historias que se contaban en mi mesa de Nochebuena.

Ustedes ya saben que sigo empeñado en que entiendan que nosotros somos el telediario. Ustedes y yo hacemos el telediario día a día. Las noticias suceden en nuestras casas y no en la televisión. Las paredes de este mundo son realmente de papel y se vuelan en el espacio y en el tiempo.

Soy el nieto orgulloso de un temporero. De un inmigrante. Gracias a su impulso pude comprarme mi primera casa. Gracias a su valentía salieron adelante dos hijas y una de ellas es mi madre. Gracias a su atrevimiento hoy vivo en el rincón del mundo más bonito.

Cada vez que necesito saber por qué lucho. Cada vez que este rebelde sin causa necesita una causa cierro los ojos y pienso en mi abuelo. Porque España no es más que eso. La nieta que debería estar orgullosa de sus abuelos temporeros de la viña y los inmigrantes de corazón como mi abuelo. En lugar de recibir a tiros a la desesperación. Una España que debería reconocer a sus ex combatientes como mi iaio Antonio en lugar de practicar la amnesia histórica. Una España donde no hubiera más trabajo precario como el de mi abuelo. Un  lugar donde las pensiones no fueran tan miserables como la de mi abuelo.

Una España que no olvide que hemos progresado gracias a ellos, gracias a sus préstamos. Hipotecaron su presente para darnos un futuro.

No somos más que eso. Los nietos de la vendimia. 

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