El amante perfecto




Tan discreto que era capaz de no existir cuando ella se lo pedía. Loco como un globo sigiloso lleno de  ilusiones de confeti. Locuaz como un actor sin guión bajo una sábana. Paciente como el mar con la arena cuando las olas parecen tener prisa. Travieso como un juego tramposo y solitario. Tierno como un minuto de dulzura. Detallista como un arquitecto de la sonrisa.
Se alejaba de ella cuando se quedaba sin sitio pero seguía mirando la luz desde mar adentro. Ella sentía su deseo entre las piernas cuando la tomaba con la urgencia de una estrella fugaz que moría en el mismo instante en el que brillaba. Cantaba a susurros bajo su ventana la versión disléxica de Romeo y Julieta. Coincidían en citas casualmente preparadas para resultar furtivas y excitantes. Le escribía cartas de amor con tiza en las paredes. La abrazaba de lejos desde el otro lado de una multitud de sombras sin luz.
Después de tantos años casados lo perfecto seguía seguir siendo amantes. Por eso decidieron ocultarle a sus hijos que su madre tenía un amante. Un amante perfecto.

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