El instante del conejo

Alicia: ¿Cuanto tiempo es para siempre?Conejo blanco: A veces solo un segundo


Ya era casi la hora. Como mucho faltarían tres minutos. Siempre pasa a la misma hora. Todavía no hacía ese calor asfixiante del verano mediterráneo. Los todavía son muy bonitos porque son una advertencia del presente hacia el futuro. Se dio la vuelta en la cama para poner la cabeza en los pies. Fue su primer gesto de locura del día. Había soñado toda la noche pero no recordaba más que partes del sueño. Hoy no había que ir a trabajar.
El sol estaba alto ya. Debían ser casi las nueve.
Como mucho faltarían dos minutos. No más. La pereza pesaba en las pestañas. Los ojos entreabiertos. Miraba las azoteas de los edificios a la búsqueda de un ático sin techo. Las cortinas se movían y le hipnotizaban. La luz de la mañana se posaba en su pelo despacio. Reposaba entre las sábanas. La mañana entraba poco a poco en su vida. En un parpadeo fabricó un sueño de madera. Era una puerta grande, gigante, para entrar a una casa nueva que era vieja.


Como mucho faltaría un minuto. Y ya decidió levantarse. Sabía que él pasaba todas las mañanas menos los domingos. Pasaba a eso de las nueve de la mañana hacia alguna parte viniendo de otra parte. No sabía apenas quien era. La primera vez que lo vio estaba asomada a la ventana. Mirar por la ventana es una costumbre que se ha perdido en las ciudades. Ella lo hace una vez cada día y cada noche. Por la noche lo hace para mirar las estrellas y para mirar las vidas de los demás por sus ventanas. Es un mosaico con las vidas chiquititas y normales parecen extraordinariamente increibles. Al levantarse también se asoma a la ventana para decirle hola al mundo. Y un día lo vio a él pasando por la acera. Iba rápido. Casi siempre va rápido como el conejo de Alicia en el País de las Maravillas.


Se levantó y se asomó a la ventana. Ya son las nueve. La luz de la mañana deslumbraba el cristal de una ventana que se abre. El ruido entra. Ella sale. Se asoma. Mira hacia abajo. Pero no le ve. No está en toda la calle. La calle está llena de gente pero vacía de importancia. Es una serpiente multitudinaria. Hay coches, bicis, hay taxis, hay gente pero ni rastro de él. Pasaba cada mañana. Todas las mañanas del último mes. Y hoy no ha pasado.


Cerró la ventana. Cesó el ruido. Corrió las cortinas un poco. Y volvió a tumbarse a soñar a los pies de la cama. Decepcionada por una rutina rota, un sueño partido y una colcha arrugada.


Sonó el timbre. No esperaba visita. Sus padres están lejos. Su hermana no venía este fin de semana. Piensa en no contestar. Será publicidad. Y sigue soñando y mirando a la ventana.


Vuelve a sonar el timbre. Esta vez arriba. En su puerta. Se levanta rebelde contra esa causa. La interrupción no es bienvenida. Nadie debería interrumpir un sueño a los pies. Se levanta con sus calcetines puestos. Se arregla las coletas. Y abre.


El instante del conejo saltó como una alarma del despertador. Era él. Estaba en su puerta. Llevaba la chaqueta azul que siempre lleva. Abrió la puerta de par en par y dijo.


-Sí?
- Traigo un paquete para....
Ella lee la etiqueta antes que él.
- No es para mi. Vive arriba. Te has equivocado.
Se hace un silencio incómodo. Hasta que él decide romperlo.
- Si el paquete es para el piso de arriba. Pero no es verdad. Yo no me he equivocado.

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