El pozo

Empezó de pequeño con una caja de galletas. Coleccionaba momentos bonitos. Guardó el olor a sacapuntas. Guardó una peonza de oro. El tacto de un balón de cuero. Una mariposa disecada. Una chapa de Mirinda. Tenía que esconder constantemente la caja para que su madre no la tirara. A las madres no les gustan las cajas de trastos. Fabricó un escondite en casa. Detrás del escritorio. Cuando cambiaron de casa se cuidó mucho de conseguir una caja más grande. Allí siguió metiendo el sabor de su primer beso. El color rojo de su timidez. Las notas de selectividad. Una entrada de un concierto. La firma de un jugador mediocre. El sonido de un gol fuera de casa. El suspiro de una mirada entre clase y clase.
Siguió acumulando momentos bonitos. Y los guardaba en secreto. No conocía a nadie que coleccionara momentos bonitos. La mayor parte de la gente los tira a la basura y deja al azar su memoria. Él no. Él sabía lo quería recordar y lo que no. No estaba dispuesto a dejar morir recuerdos porque otras personas lo hicieran. Los momentos bonitos mueren solamente si los entierras. Y sobreviven si los cuidas. Como una especie de jardín secreto que hay que regar. Un invernadero de semillas del pasado que crecen cada vez que las admiras.
Así que cuando se compró aquella casa hizo una falsa pared. Tenía tantos recuerdos que necesitaba ya una habitación entera. En la nueva oficina en la que trabajaba estaban tirando el mobiliario antiguo. Y vio aquellas cajas de seguridad y pensó en salvarlas y ponerlas en su desván secreto. Que mejor manera de guardar un secreto que en el lugar en el que anidan los secretos. Se llevó a casa las cajas de seguridad. Una estantería completa. Compró espejos pequeños y los puso al fondo de cada nido de recuerdos. De esta forma cada vez que lo abría se veía a sí mismo reflejado. Y se entendía un poco mejor.


Fue por aquella época que la conoció a ella. Se enamoraron. Locamente. Quizá no haya otra manera. Los dos tenían un trabajo estresante. Sin tiempo para tener tiempo. Un trabajo que les daba mucho dinero para comprar momentos fugaces. Postales de viajes de lujo. Ella era ambiciosa y quería más. Una casa más grande. Un coche más potente. Ropa más cara. Compraban instantes de felicidad artificial. Compraban el presente y alquilaban el futuro.


Él nunca le había contado nada de su desván secreto. Y ya no tenía tiempo ni de subir a oler a sacapuntas o saborear su primer beso. La casa se pobló de muebles traídos de lugares lejanos. Cuadros de autores conocidos que él no conocía. Incluso un sillón en el que no te podías sentar.


Quiso comprar algo de calma. Una casa en mitad de la nada. Una antigua casa que ahora se llama rural. La rehabilitaria y allí podría alquilar algo de silencio, hipotecar algo de paz. Aunque fuera soñar despacio. A ella le pareció bien. Todo lo que fuera acumular le parecía bien.


En el traslado llevó en cajas su colección de momentos bonitos. Estaban precintadas. Las fue llevando en su coche. Y las iba apilando hasta encontrar un sitio mejor. El silencio les sentaría bien. Aquellos momentos necesitan calma para sentirse vivos. Se oiría el eco de las lágrimas que guardó al dejar a su primera novia tan injustamente. Cayendo una a una. Se escucharía chasquear una piedra de la playa contra la inoportunidad de las olas del mar.
Ella había encargado una cómoda especial con espejo. Era de madera de África. El espejo era indio con un borde dorado. Acompañó al transportista hasta la casa nueva para cuidar de su correcta ubicación. En el rincón que quería. Una vez colocado pagó una buena propina al transportista y se sentó. Se miró en el espejo y el silencio le pareció tan aburrido. Se giró y vio unas cajas. Las abrió y solamente encontró trastos pequeños. Alguna entrada de algún concierto, alguna cinta de cassette, una chapa inservible. Eran objetos pobres, sin valor alguno, incomprensiblemente supervivientes de una época pasada. Esa adicción a la nostalgia de él nunca le había gustado. Siempre guardando camisetas y estupideces. La apología de lo nuevo había encontrado su más feroz enemigo en aquellas cajas. Cogió la primera caja y salió por la puerta. Enterraría todos aquellos objetos pero seguro que él buscaría por todas partes. Los quemaría. Necesitaba el perfecto cementerio de los momentos bonitos. Y lo encontró. En la parte de atrás de la casa había un pozo. Y allí fue lanzando uno a uno todas las cajas que fue encontrando. Todas y cada una.
El fin de semana siguiente compraron unas horas de calma en el supermercado del tiempo de las personas ocupadas. Y fueron a la casa. Las cajas no estaban. Él preguntó. Ella dijo que las había tirado. Él siguió preguntando. Ella no respondía. Discutieron. Mucho. Todo. Siempre. Le había arrancado sus recuerdos de cuajo. Él se fue llorando y diciendo que no quería volverla a ver nunca más. Se sentó en la parte de atrás de la casa. Allí pudo oir un último sonido. El coche arrancaba y se iba chirriando rueda. A toda velocidad. Viviendo deprisa. Después se hizo el silencio. Calma absoluta. Una nube de paz. Un masaje de tranquilidad.
Sintió sed. Se levantó. Metió el cubo hasta el fondo. Lo subió. Bebió un trago. Y notó un olor a sacapuntas. Volvió a bajar el cubo. Al caer le pareció oir la música de aquel concierto. Volvió a subir el cubo. Bebió otro trago. Y notó el sabor de su primer beso.

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