La señal

Tres meses. Tres meses de tratamiento. Y no se pudo hacer nada. Todo pasó en tres meses. Era joven. Relativamente joven. Treinta y cinco es muy joven para morir. Solamente tuvieron tres meses para despedirse. Para hacerse a la idea. Especialmente desde que le dijeron que no había remedio y ella decidió dejar de luchar. No se rindió. Simplemente no tenía otro remedio. Pero verla apagarse poco a poco aquella luz. Ver enmudecer aquel murmullo constante. El perfume sonoro de su casa. Ver atardecer su sonrisa fue demasiado para él. Ella se encargó de construirle un futuro. Quería dejarlo todo arreglado. Pero él no era tan fuerte como ella.


Las conversaciones eran cada vez más duras. Demasiado duras. Ella insistía en diseñar el futuro. Él no quería pensar en lo impensable y quería evitar lo inevitable. Hablaban de todo. De toda la educación de la niña. De sus colegios, de sus institutos, de sus habilidades, de conservar el recuerdo de su madre. Grabaron horas de vídeo para cada cumpleaños de su niña. Cada año debía ver una grabación de su madre. Era la manera de asegurarse que no olvidaría algo que nunca podría recordar por pura edad biológica.


Hablaban durante horas. De todo. Ella insistía en que él debería rehacer su vida. Encontrar una chica que le quisiera y también a la nena. Él no soportaba esas conversaciones. Y ella le hacía callar. Le hizo prometer que se volvería a enamorar y ella le dijo que le ayudaría a hacerlo. Le prometió que le haría saber quién era la elegida. Le dijo que ella seleccionaría a la persona que le haría feliz el resto de su vida.


Él se hundió como un barco lleno de lingotes de hierro oxidado. Rompió todas las promesas. Se escondió en la melancolía. Llevaba un año así desde que ella se fue para siempre. Quizá fuera año y medio. Y que más da. La niña ya no preguntaba por su madre. Se acercaba su cumpleaños y le tendría que enseñar otro vídeo. Se sentaron los dos. Él puso la tele y salió ella. Le preguntaba cosas a su hija. Le contaba que la echaba de menos y que allí se estaba muy bien pero que le hubiera gustado cuidar de ella más tiempo. Que lo sentía. Que no era culpa suya. Que ella quiso ser una buena madre pero la naturaleza se lo impidió.


Entonces cambió el tono y le preguntó a él.
- Ya te has enamorado?- Recuerda que me prometiste que te enamorarías. Ya sabes quién es? Yo te lo diré en cuanto pueda.


Esa noche salió. Últimamente salía muchas noches. Se bebía de un trago el miedo. Bebía y bebía. Quería que las heridas cicatrizaran por dentro. El alcohol hace extraños compañeros de cama. Era más joven. Bastante más joven. Al menos parecía bastante más joven. Quizá por su aspecto delgaducho y pálido. Esa noche acabaron en la cama. Echaron un polvo inacabable e inacabado. El alcohol es áspero para el sexo. La luz del día era casi insoportable. Ella debíó beber menos. Bastante menos. Él abrió un ojo con la sensación de que el párpado era el único músculo que podría mover ese día. Ella se miraba en el espejo. Se había recogido el pelo. Y entonces lo vio. En el mismo sitio. La misma forma. Era exactamente igual. Tan igual que parecía increíble. Era exacto. El mismo. No había duda. Era el mismo tatuaje en el mismo sitio que el que llevaba su mujer.


- ¿Cómo te llamas?
- ¿No te acuerdas?
- No. Lo siento.
- Elena.
- Elena ¿quieres casarte conmigo?

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