La sonrisa de plástico



Era tan bella. Tenía una sonrisa tan serena y permanente. Su piel era tan tersa y suave. Se enamoró desde el primer momento. Lo hizo por su extraordinaria capacidad para escuchar, por su discreción y la elegancia de sus movimientos. Sabía estar en cualquier parte y el paso del tiempo la convertía en más bella todavía. Vestía siempre a la última moda, perfecta para cada ocasión.
Se enamoró nada más verla en aquel escaparate y acudía cada día a observarla. La miraba. Admiraba sus pómulos marcados, sus pestañas enormes, su mirada profunda. Admiraba sus tobillos excelsos y sus dedos largos dispuesto a entrelazarse con los suyos. Todos los días pasaba un rato en aquel escaparate de aquella tienda pensando que alguien la había diseñado para él. Que un día alguien descubrió el dibujo en su mente y la hizo existir. Simplemente era como si la hubiera soñado. Pasaba cada día un rato allí. Le contaba cómo había ido su día. Le contaba sus secretos sabiendo que ella no le contaría nada a nadie. Y así él volvía a casa sin el peso del aire comprimido en la garganta. Se sentía mejor si la veía una vez al día. Le daba mucha pena todas esa gente que vive sin estar enamorada. Volvió al día siguiente. Era tan bella que prefería que se quedará en el escaparate. Así nunca la perdería y podría verla cada vez que quisiera.
Pero ese día le había sonreído a él. Estaba seguro. Había torcido su sonrisa y había puesto cara de mala. Ese día durmió soñando.

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