Alba


Son las doce. Debe ir a la guarderia a recoger a su nieta. Su hija trabaja todo el día. Ella ya está jubilada. Su hija, como ella y como su nieta no necesitan ningún hombre que las complete. Y hoy de camino a todas partes vuelve pasar por aquella vieja pared que inexplicablemente sobrevive al paso del tiempo. Y vuelve a leer aquella frase que alguien pintó un día para que fuera reflexionada para siempre. En los exámenes responda con preguntas.
Pasó el resto de su vida haciéndose preguntas y sacudiendo las respuestas. Se hizo una mujer bajo la bandera de la incertidumbre y el desasosiego. Subida a hombros de una multitud que pasó a ser masa de consumidores. Lanzando adoquines a su propio pensamiento para recordar que una vez creyó en tantas cosas que dejó de creer en sí misma. Que un día gritó consignas que la convencieron de casi todo. Y que un montón de decisiones inconscientemente tomadas la llevaron a ser lo que hoy es. Lo que una vez fue. La imagen de Helena de Troya en Paris. La estatua de la libertad sin corona. La reina del cuestionamiento permanente.

Por fin, aparece Alba. Tiene cinco años. Y una mirada que recuerda que exagerar es el arma. Poco importa ahora si Dadá existía. Existe Alba. El amanecer de su existencia. La bandera que hoy lleva con más orgullo.

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